Bondi Beach: el odio que vuelve contra la comunidad judía

Filiberto Cruz Monroy
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La tarde del domingo, la playa de Bondi, en Sídney, dejó de ser sinónimo de descanso y postal turística para convertirse en escenario de una masacre. Al menos 12 personas murieron y casi 30 resultaron heridas cuando hombres armados dispararon contra un acto por la festividad judía de Jánuca. La policía australiana y el propio gobierno calificaron el ataque como terrorista y dirigido contra la comunidad judía. Un presunto pistolero murió en el lugar y otro quedó en estado crítico, mientras las autoridades investigaban la posible participación de un tercer hombre armado y la presencia de artefactos explosivos improvisados.

El ataque ocurrió durante una celebración a la que asistían cerca de mil personas, en un país donde los tiroteos masivos son poco frecuentes y que desde 1996 no vivía un episodio de esta magnitud. El primer ministro Anthony Albanese convocó al Consejo de Seguridad Nacional y calificó lo ocurrido como un mal “incomprensible”. Testigos relataron escenas de pánico, disparos durante varios minutos y personas corriendo entre la arena y las calles cercanas para salvar la vida.

Pero más allá del horror inmediato, Bondi Beach obliga a mirar un contexto más amplio y profundamente incómodo. Los tiroteos del domingo fueron los más graves dentro de una serie de ataques antisemitas en Australia desde el inicio de la guerra de Israel en Gaza en octubre de 2023. Ese vínculo no es casual ni anecdótico. Las acciones del Estado de Israel y de su primer ministro, Benjamín Netanyahu, han proyectado una sombra larga que no se detiene en las fronteras de Medio Oriente y que amenaza con perseguir a comunidades judías en todo el mundo durante décadas.

Mientras en Gaza se desarrollaba una ofensiva devastadora, con barrios arrasados, hospitales colapsados y una población civil atrapada bajo bombardeos constantes, las imágenes que recorrieron el mundo mostraban a niños masacrados y a otros tantos sin acceso a comida, agua o refugio. Esa realidad, que muchos califican como genocidio contra el pueblo palestino, no quedó confinada a los límites de la Franja: se filtró en el debate público global, en las calles y, como se vio en Sídney, en expresiones extremas de violencia.

El cinismo de Netanyahu quedó nuevamente expuesto tras el ataque. En lugar de centrarse en la tragedia humana o de llamar a la contención, el primer ministro israelí condenó al gobierno australiano por “no saber defender a los judíos”, trasladando la responsabilidad hacia afuera y reforzando una narrativa de confrontación permanente. Ese discurso, lejos de proteger, termina colocando a las comunidades judías de la diáspora en una posición aún más vulnerable, al mezclarlas injustamente con las decisiones militares y políticas de un Estado.

En Bondi, los disparos duraron unos 10 minutos. Para quienes huían, ese tiempo fue eterno. Para la comunidad judía australiana, el impacto será mucho más largo. Y para el mundo, el mensaje es inquietante: cuando la violencia estatal se normaliza y el sufrimiento de niños y civiles se relativiza, las consecuencias no se quedan donde comenzaron. El ataque terrorista en una playa australiana muestra cómo el odio, alimentado por guerras y discursos irresponsables, termina regresando contra quienes dicen representar.

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