Archivos Epstein: ¿Transparencia o una farsa convenientemente censurada?

Filiberto Cruz Monroy
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La publicación de miles de archivos relacionados con Jeffrey Epstein por parte del Departamento de Justicia de Estados Unidos, forzada por una ley del Congreso, se ha promocionado como un triunfo de la transparencia. Sin embargo, un examen detallado revela una operación que huele más a una farsa meticulosamente orquestada que a una verdadera rendición de cuentas.

Bajo el pretexto de cumplir con la Ley de Transparencia de los Archivos de Epstein, lo que se ha entregado al público es un mosaico de documentos censurados de manera inconsistente y arbitraria, que parece más diseñado para calmar la sed de escándalo sin revelar verdades incómodas que para esclarecer la red de poder y abuso en su totalidad.

La primera y más flagrante evidencia de este teatro es la censura masiva y selectiva. De entrada, el Departamento de Justicia admitió ante un tribunal federal en Nueva York que el proceso de censura, realizado apresuradamente en las últimas semanas, era “vulnerable a errores de máquina” y a “casos de error humano”. Esta admisión, que pretende sonar como una disculpa burocrática, es en realidad la llave para entender el desorden intencional.

No se trata de errores; se trata de una rasurada sistemática a conveniencia. Funcionarios del Departamento de Justicia incluso expresaron su frustración por la rapidez con la que se les exigió procesar los archivos, un argumento cínico cuando se trata de una investigación de décadas.
La inconsistencia es la regla. En una serie de fotos geolocalizadas en una propiedad cerca de París, el rostro de un joven aparece cubierto con un recuadro negro en una imagen, pero en fotos posteriores del mismo lote, subiendo una escalera o en un garaje, su identidad es completamente visible.

En otra fotografía, un hombre acostado sobre Ghislaine Maxwell aparece censurado en un documento, pero la misma foto en otro archivo se muestra sin tapadera alguna. ¿Es esto el resultado de un “error humano” o la prueba de que las censuras no siguen un criterio uniforme de protección a las víctimas, sino uno de protección a ciertos individuos?

La ley exige ocultar información que pueda identificar a víctimas de abuso sexual, un principio loable. Un portavoz del Departamento de Justicia, Gates McGavick, utilizó este argumento al publicar en X una foto del expresidente Bill Clinton en un jacuzzi, señalando que la cara de la víctima estaba cubierta. Sin embargo, esta explicación oficial no se sostiene ante otras censuras.

¿Por qué el rostro de un hombre mayor en otras imágenes fue también censurado? La propia declaración del portavoz de Clinton, que acusó a la administración Trump de “protegiéndose de lo que viene después”, señala la sospecha de que el proceso está viciado por intereses políticos. Clinton, cabe recordar, no ha sido acusado de ningún delito relacionado con Epstein, pero su aparición en este contexto, manejada de esta forma, alimenta el circo mediático sin aportar claridad judicial.

La publicación es, además, manifiestamente incompleta. El Departamento de Justicia reconoció que no incluyó todos los archivos y que continuará publicando más en las próximas semanas. Esta dosificación de la información es un clásico mecanismo de control de daños, que diluye el impacto y permite a la maquinaria pública preparar narrativas defensivas. Peor aún, 119 páginas etiquetadas como material del jurado investigador aparecen completamente censuradas, intercaladas entre otras páginas mayoritariamente tachadas.

Entre los pocos destellos de horror que logran filtrarse, los documentos confirman la naturaleza depredadora y específica de Epstein. Un testigo cuyas notas manuscritas de 2019 fueron publicadas declaró que Epstein buscaba víctimas menores de edad, pedía ver su identificación para asegurarse, y se frustraba si las chicas no eran lo suficientemente jóvenes. El mismo testigo describió un “momento desesperado por quedarse sin chicas” y mencionó que Epstein no quería chicas “españolas o de piel oscura”, revelando una perversión calculada y selectiva. Estas notas, que también describen abusos y “mucho contacto”, son un recordatorio sombrío de lo que está en juego: no son chismes de la alta sociedad, sino crímenes aberrantes.

La publicación parcial sirvió, eso sí, para confirmar el valor de quienes llevan décadas luchando por ser escuchados. Un documento del FBI de 1996, que describe una denuncia por pornografía infantil, fue reconocido por la abogada de Maria Farmer como la que su clienta presentó. El documento relata cómo Epstein robó fotos artísticas de hermanas menores y amenazó con quemar la casa de la denunciante. Este destello de verdad, sepultado durante casi 30 años, es lo único que redime este proceso, mostrando el costo del encubrimiento.

La galería de personajes famosos que aparecen –un Bill Clinton sonriente, un Michael Jackson junto a Epstein, el fallecido periodista Walter Cronkite– cumple su función en este espectáculo: desvía la atención hacia el morbo de los nombres propios, mientras la estructura de poder que permitió y posiblemente participó en estos abusos permanece oculta tras capas de censura irregular y publicación dosificada.

Lo que se vendió como la gran revelación es, en el mejor de los casos, un archivo incompleto y mal editado, y en el peor, una farsa cínica donde la transparencia es la primera víctima de un proceso amañado. El público recibió migajas de verdad, empaquetadas en un show de sombras y medias tintas. La pregunta que queda es: ¿qué tan profundo llega lo que aún no han publicado, y quiénes son los que más temen que se sepa?

@filibertocruz

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