El primer nivel del poder también tiene su encuesta, y no se leen como cifras secas, sino como un mural de rostros que suben y bajan en la percepción colectiva.
La semana pasada apareció el retrato de GobernArte: la aprobación de los secretarios de Estado en septiembre de 2025. En la parte alta del cuadro, brillando como si las luces se hubieran concentrado en un solo nombre, Omar García Harfuch. El “super policía” que carga en su expediente la detención de un número significativo de delincuentes, toneladas de droga incautadas y un discurso de eficacia que, al menos en números, respira contundencia.
Ahí está, erguido con un 66 % de aprobación, convertido en emblema de la estrategia de seguridad de Claudia Sheinbaum, el rostro de la disciplina y de la fuerza, aunque la sombra del 70 % de ciudadanos que aún se sienten inseguros matice su fotografía, esos mismos creen que el batman de la seguridad nacional sí está haciendo algo al respecto.
Detrás de él, como segundos en el podio, aparecen Marcelo Ebrard y Juan Ramón de la Fuente. El primero, viejo gladiador de la política mexicana, ahora en la Secretaría de Economía, exhibe un capital político que lo sostiene más allá de medidas concretas. Sus 59 % de aprobación parecen ser más la herencia de años de visibilidad que los frutos inmediatos de un cargo reciente. El segundo, el académico elegante, el diplomático sereno, se alza con 58 %. De la Fuente representa la idea de confianza, de sensatez en un mundo político acostumbrado al exabrupto. No necesitan cifras espectaculares: su sola presencia evoca experiencia y cierta calma en medio de la tempestad.
Y mientras los reflectores bañan a estos tres, el cuadro baja hacia las sombras. En el rincón de la desaprobación, apenas visibles, se mueven Julio Berdegué Sacristán, Claudia Curiel de Icaza y Edna Elena Vega Rangel. El primero, en Agricultura, arrastra con 38 % la falta de resonancia en un país donde el campo clama auxilio, pero su nombre no se asocia con conquistas ni con acciones memorables.
La segunda, en Cultura, apenas alcanza 37 %. Su gestión carece de un hito que emocione, de un proyecto que devuelva la vitalidad a los escenarios y museos; su paso se percibe silencioso, como si la cultura se hubiera reducido a la agenda burocrática.
La tercera, Vega Rangel, cierra la lista con 33 % Llegó a Sedatu prometiendo vivienda, escrituras y apoyos a mujeres del campo, pero esas promesas no reflejan hasta el momento ni siquiera un atisbo de luz. Su nombre no se conoce en las colonias ni en las plazas, se desvanece más bien como un eco en los fríos pasillos gubernamentales.
La encuesta, más que tabla estadística, es un relato de contrastes: arriba, la narrativa del héroe de seguridad y la sombra de sus límites; en medio, la política de prestigio y oficio; abajo, la opacidad y el desinterés que condenan a la irrelevancia.
En ese sentido, la fotografía de este gabinete es también un espejo del país: un México que celebra la mano dura, que confía en figuras sólidas, que castiga la ausencia de presencia y de resultados.
Al final, lo que queda no son los porcentajes exactos, sino la historia que dibujan: un gabinete donde unos cargan la luz de los reflectores y otros se pierden, poco a poco, en la penumbra del desconocimiento y de la desaprobación.
