Columna de opinión
Cuando el odio digital llega a las aulas
Filiberto Cruz MonroyHay algo que deberíamos preguntarnos después de los recientes ataques en escuelas de México: ¿qué está pasando con algunos adolescentes y jóvenes varones que encuentran en internet respuestas para sus frustraciones y terminan entrando en comunidades donde el resentimiento se convierte en odio?
En 2026 se han registrado distintos episodios violentos en centros educativos. En Torreón, dos hermanos gemelos de 18 años y exalumnos atacaron una secundaria con petardos y un machete; murió la subdirectora y cuatro personas resultaron lesionadas. Durante el ataque se les escuchó decir que iban por las mujeres.
En Querétaro, un estudiante de 13 años hirió con dos cuchillos a cuatro compañeros. En Lázaro Cárdenas, un joven de 15 años intentó ingresar con un rifle tipo AR-15 a una escuela y, tras ser interceptado, abrió fuego y mató a dos personas. En sus redes sociales se encontraron referencias a la manosfera y a la subcultura incel.
Y en septiembre de 2025, Lex Ashton Cañedo López, de 19 años, atacó con armas blancas el CCH Sur de la UNAM, donde asesinó a un estudiante de 16 años e hirió a un trabajador. El texto proporcionado vincula al atacante con una comunidad incel caracterizada por el odio hacia las mujeres.
Estos casos no permiten afirmar que todos los ataques tengan una misma causa. Pero sí obligan a mirar un fenómeno que puede resultar mucho más amplio que un hecho aislado: las redes sociales pueden conectar a jóvenes que atraviesan frustraciones, aislamiento o conflictos personales con comunidades que, en lugar de ayudarlos a comprender esos problemas, pueden alimentar el resentimiento y convertirlo en una identidad.
Ese es uno de los riesgos de la manosfera. El término describe una red de sitios, blogs y foros que promueven determinadas ideas sobre la masculinidad, junto con hostilidad hacia las mujeres, misoginia y oposición al feminismo. No todos quienes participan en estos espacios son violentos, y tampoco toda persona que se identifica como incel representa una amenaza.
El problema aparece cuando determinadas comunidades convierten la frustración personal en resentimiento colectivo y ese resentimiento termina expresándose mediante discursos de odio, radicalización o violencia.
Las redes tienen además una característica que cambia la dimensión del problema: permiten que una idea encuentre rápidamente a otra persona que comparte la misma frustración. Una experiencia individual puede transformarse en una narrativa colectiva. El joven que se siente rechazado puede encontrar a otros que le dicen que el problema no está en sus circunstancias, sino en las mujeres, el feminismo o la sociedad. Así, una dificultad que podría abordarse de manera personal termina convertida en una explicación basada en el odio.
La presencia de ideologías de ultraderecha como parte del entorno que promueve hostilidad contra las mujeres también es innegable. El punto que merece atención no es únicamente identificar una etiqueta ideológica, sino observar qué ocurre cuando determinadas ideas convierten a un grupo entero en enemigo y presentan el desprecio como una forma de pertenencia.
La pregunta, entonces, no debería limitarse a qué ocurrió dentro de cada escuela. También debemos preguntarnos qué estaban consumiendo algunos de estos jóvenes antes de llegar ahí, qué comunidades encontraron en internet, qué mensajes recibieron y por qué esos espacios pudieron resultarles atractivos.
La respuesta no puede ser simplemente cerrar una cuenta o eliminar una publicación. Tampoco puede consistir en asumir que todo adolescente varón que atraviesa una crisis terminará convertido en agresor. Sería injusto y equivocado.
Pero ignorar el fenómeno también sería un error. Cuando las redes conectan problemas individuales con comunidades que alimentan odio e ignorancia, el espacio digital deja de ser solamente un lugar donde se expresa una frustración y puede convertirse en un mecanismo para amplificarla.
Por eso estos ataques también deberían llevarnos a hablar con los adolescentes varones sobre masculinidad, rechazo, frustración, relaciones y violencia. No para criminalizar sus problemas, sino para evitar que quienes buscan respuestas encuentren únicamente comunidades que les enseñen a odiar.
El problema no empieza necesariamente cuando alguien entra armado a una escuela. Puede comenzar mucho antes, cuando una persona encuentra un espacio donde su dolor deja de ser una experiencia que necesita comprender y se transforma en una razón para odiar a los demás.
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