Columna de opinión
El prestigio prestado
Ana Karina FernándezHay gente que paga por entrar a una habitación sólo para publicar que estuvo ahí, créame querido lector, compra una marca, un viaje o la cercanía con alguien poderoso. Después exhibe la evidencia como si el objeto, el lugar o la fotografía hubieran transferido su autoridad y es que no compró únicamente una experiencia sino un signo. Y, durante unos minutos, ese signo parece decir: pertenezco, importo, tengo acceso. Soy!
Me mandó mi hermano un escrito que citaba a Jean Baudrillard quien explicó que los objetos no circulan sólo por su utilidad sino que poseen un valor de signo: comunican posición, identidad y diferencia. Un reloj da la hora, pero un reloj pretende contar otra historia así como un automóvil transporta, pero un emblema proclama cierta jerarquía. Una invitación permite entrar, aunque publicada en redes busca demostrar que alguien fue considerado y así el consumo deja de satisfacer una necesidad concreta y comienza a administrar percepción.
Hasta ahí, nada tendría que resultar escandaloso, porque como dice Aldo Rendón sobre las marcas, todos usamos símbolos. La ropa, el lenguaje y los lugares comunican pero el problema aparece cuando el signo sustituye a la sustancia y alguien cree que sentarse cerca del poder equivale a tener poder, que ser visto con una persona respetada produce respeto propio o que pagar por una experiencia exclusiva concede la reputación que no ha construido y es ahí querido lector donde comienza el prestigio prestado.
El prestigio prestado funciona hasta la segunda pregunta porque la fotografía dice que estuviste pero para nada explica por qué te invitaron, qué aportaste, quién te escuchó ni si volverán a buscarte. La marca muestra capacidad de compra pero no revela criterio y mucho menos alcurnia alguna. El círculo ofrece visibilidad pero no garantiza pertenencia. Hay accesos que se compran y relaciones que se merecen pero confundirlos es el error más caro de la vida pública.
Las redes sociales perfeccionaron esa confusión porque convierten cada experiencia en argumento visual. Ya no basta vivir algo; parece necesario producir la prueba de haberlo vivido. El restaurante debe aparecer, el asiento debe reconocerse, la pulsera debe mostrarse, el nombre importante debe etiquetarse. Así, la imagen deja de documentar la realidad y comienza a fabricar una versión rentable de ella y justo eso se acerca al simulacro de Baudrillard: una representación que termina ocupando el lugar de aquello que representaba.
Pero la reputación no funciona como un filtro porque no puede agregarse después para corregir una estructura débil. Se construye mediante consistencia, competencia, reciprocidad y conducta verificable y el acceso tampoco se mide por cuántas puertas logras cruzar, sino por cuántas permanecen abiertas cuando no hay cámaras. La autoridad comienza cuando tu nombre conserva peso en tu ausencia. Todo lo demás puede ser visibilidad, y la visibilidad es útil, pero no debemos confundir una herramienta con un activo.
Justo en Speakeasy hablamos de códigos invisibles porque el poder no presenta instrucciones. Se lee en quién convoca, quién decide, quién puede guardar silencio sin desaparecer y quién necesita explicar demasiado para sostener una posición pero y también se lee en la relación que la persona mantiene con los símbolos. Quien posee seguridad puede usarlos sin volverse dependiente de ellos pero quien necesita validación convierte cada adquisición en un comunicado de prensa personal.
No se trata de moralizar el lujo ni de fingir que la estética, las marcas o los espacios no importan, de hecho, importan porque el mundo interpreta señales y negarlo sería ingenuo. La pregunta que jode es otra: qué te queda cuando retiramos el logotipo, la mesa, el apellido ajeno y la fotografía. Si la respuesta es nada, no había prestigio; había utilería, un bonito montaje. Y la utilería exige renovarse porque pierde efecto cuando el público se acostumbra. Ya lo he dicho antes: no es que se pierda la magia… sino que se descubre el truco
El mercado conoce bien esa ansiedad. Por eso vende no sólo productos, sino versiones aspiracionales de nosotros mismos y te promete que el objeto correcto reducirá la distancia entre quienes somos y quienes deseamos parecer, y así algunas compras cumplen una función y producen placer, belleza o comodidad pero otras son cuotas pagadas a la aprobación ajena. Distinguirlas requiere una honestidad que ningún algoritmo puede ofrecernos.
El verdadero capital social no consiste en coleccionar nombres, sino en haber generado confianza para que esos nombres respondan. No se demuestra entrando; se demuestra aportando porque no depende de parecer cercano a personas influyentes, sino de ser valioso incluso cuando ellas no están presentes. Esa diferencia separa al invitado ocasional del interlocutor necesario, al consumidor del símbolo de quien ya encarna significado.
Antes de comprar el siguiente signo, conviene preguntar qué estamos intentando comunicar, ante quién y por qué. Tal vez el objeto nos guste y podamos pagarlo y obvio eso está perfecto. Pero si lo necesitamos para sentir que valemos más, el precio real no figura en la etiqueta sino que se paga con dependencia, comparación y una identidad tercerizada.
El lujo más difícil de falsificar sigue siendo no necesitar demostrar, porque oiga usted: la reputación más sólida no grita. El acceso más valioso no siempre se publica ni el prestigio tiene una característica incómoda para la cultura de la exhibición: tarda años en construirse, pero no necesita escenografía para reconocerse. La foto prueba que entraste pero que te vuelvan a llamar prueba quién eres. O quien NO eres…
Just saying…
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