Dos años que cambiaron la ecuación
Héctor O. CarriedoEl Segundo Informe de Claudia Sheinbaum Pardo no ofrece un país sin problemas. Ofrece algo más relevante: evidencia de que México puede crecer en derechos, salarios, empleo, bienestar y seguridad sin romper la estabilidad macroeconómica.
Hay informes de gobierno que se recuerdan por la retórica y otros por las cifras. El Segundo Informe de Claudia Sheinbaum pertenece, sobre todo, a la segunda categoría. Su mensaje del 1 de septiembre en Palacio Nacional puso sobre la mesa un conjunto de indicadores que, vistos con perspectiva histórica y comparados con los primeros años de los gobiernos de Vicente Fox, Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador, dibujan una transformación que merece ser medida sin prejuicios y sin propaganda, pero también sin mezquindad.
La conclusión central es difícil de ignorar: México llega al segundo año del gobierno de Sheinbaum con máximos históricos en empleo formal, una recuperación extraordinaria del salario mínimo, inflación contenida, inversión extranjera en niveles récord y una reducción muy significativa de los homicidios dolosos. La propia Presidencia sintetizó el balance bajo una premisa: México “va mejor y tiene rumbo”.
Eso no significa que todo marche bien. Significa algo más importante: los resultados positivos existen y tienen sustento estadístico.
El empleo como principal carta de presentación
Quizá ninguna cifra ilustra mejor el cambio que el empleo.
México ronda ya los 60 millones de personas ocupadas, mientras el IMSS registra más de 22.7 millones de puestos de trabajo formales, una cifra históricamente elevada y con una proporción cercana a 87% de plazas permanentes.
El contraste histórico es contundente. En los primeros años de Fox, Calderón y Peña, el país tuvo tasas de desempleo considerablemente mayores y un mercado laboral caracterizado por salarios deprimidos y una elevada informalidad.
Hoy el desempleo abierto se encuentra alrededor de 2.7%, una tasa extraordinariamente baja incluso frente a economías desarrolladas. La comparación internacional presentada en el debate posterior al informe coloca el indicador mexicano por debajo del registrado en Estados Unidos.
Pero el verdadero cambio no está solamente en cuántas personas trabajan, sino en cuánto reciben por trabajar.
El salario mínimo: el cambio que no puede ocultarse
El salario mínimo pasó de 248.93 pesos diarios en 2024 a 315.04 pesos en 2026, un incremento de 26.5% en apenas dos años y superior al doble de la inflación acumulada en ese periodo.
Si se amplía la mirada hasta 2018, la transformación es todavía más profunda: el salario mínimo ha recuperado aproximadamente 154% de poder adquisitivo real.
Esto representa una ruptura con el paradigma económico que prevaleció durante buena parte del periodo 2000-2018.
Durante Fox, Calderón y Peña la estabilidad de precios fue un objetivo central, pero los salarios mínimos permanecieron estructuralmente rezagados. La 4T modificó esa ecuación: el salario dejó de ser concebido solamente como un costo laboral y comenzó a tratarse como un instrumento de redistribución y dinamización del mercado interno.
Y el resultado no es menor: mayor salario significa mayor capacidad de consumo, siempre que el incremento nominal supere la inflación.
La economía: el “talón de Aquiles” y, simultáneamente, la oportunidad
Aquí es donde el balance requiere mayor honestidad.
México no está creciendo a tasas espectaculares. 2025 fue un año de crecimiento débil y 2026 apenas comienza a mostrar una recuperación más vigorosa.
Por eso sería exagerado afirmar que el país ya entró en una etapa de expansión económica acelerada.
Pero tampoco puede ignorarse que el segundo trimestre de 2026 registró un crecimiento trimestral cercano a 1.5% y anual de 2.1%, según la información estadística más reciente.
La diferencia respecto de otros gobiernos resulta reveladora.
Fox tuvo recesión en sus primeros años; Calderón enfrentó la desaceleración que desembocaría en la crisis financiera internacional; Peña comenzó con un crecimiento muy bajo; y AMLO sufrió primero el estancamiento de 2019 y después el desplome histórico provocado por la pandemia en 2020.
Sheinbaum no ha tenido una crisis equivalente. Su desafío es otro: convertir estabilidad en crecimiento sostenido.
Esa es probablemente la principal asignatura pendiente de su administración.
Inversión extranjera: récord sí, pero con letra pequeña
Hay otro dato que merece ser reconocido: 34,968 millones de dólares de inversión extranjera directa durante el primer semestre de 2026, máximo histórico para un primer semestre.
El dato es real.
Pero también lo es que buena parte corresponde a reinversión de utilidades y no a nuevas inversiones. Por eso el récord no debe confundirse con una entrada equivalente de capital fresco destinado a nuevas plantas y proyectos.
La conclusión correcta, entonces, no es que el discurso presidencial haya mentido, sino que utilizó un dato verdadero que necesita contexto para medir correctamente su alcance.
Y aun con esa precisión, el récord importa: demuestra que México mantiene un atractivo considerable como plataforma productiva en el nuevo reordenamiento de las cadenas globales.
Inflación: estabilidad sin milagros
Otro resultado favorable es la inflación.
Después del choque inflacionario internacional de 2021-2022, México consiguió llevar nuevamente la inflación hacia el rango compatible con el objetivo del Banco de México.
Aquí también hay que separar realidad de propaganda: que la inflación baje no significa que los precios hayan regresado a los niveles anteriores. Significa que aumentan más lentamente.
Pero después de una de las mayores oleadas inflacionarias internacionales de las últimas décadas, recuperar estabilidad de precios sin provocar una recesión profunda es un resultado macroeconómico relevante.
Seguridad: la cifra que más pesa en la vida cotidiana
Hay un indicador que sobresale incluso por encima de los económicos.
El Gobierno reportó una reducción de alrededor de 51% en el promedio diario de homicidios dolosos, al pasar de 86.9 en septiembre de 2024 a 42.5 en julio de 2026.
No es una cifra menor ni un asunto que pueda despacharse con calificativos políticos.
Después de dos sexenios marcados por niveles extraordinariamente altos de violencia, una reducción de esa magnitud constituye uno de los resultados más importantes del actual gobierno.
La prudencia obliga, eso sí, a no convertir automáticamente la correlación en causalidad: que los homicidios hayan bajado no demuestra por sí solo que cada componente de la estrategia de seguridad sea responsable de la caída.
Pero sí demuestra algo elemental: hoy se registran considerablemente menos homicidios que al inicio del gobierno de Claudia Sheinbaum.
Negarlo sería negar los datos.
Bienestar: del discurso a la transferencia efectiva
El Gobierno de México también reporta una cobertura de decenas de millones de personas mediante programas sociales y una asignación presupuestaria cercana al billón de pesos.
La importancia histórica no está solamente en el monto, sino en la consolidación de un cambio de prioridades.
Los programas sociales dejaron de ser políticas compensatorias marginales y se convirtieron en una pieza central del modelo económico.
Pensiones, becas, apoyos para jóvenes, mujeres, adultos mayores y otros grupos forman ahora parte de una sólida arquitectura de protección social que busca garantizar un piso mínimo de bienestar.
La discusión seria ya no debería ser si esos programas deben seguir existiendo (ya son derechos constitucionales) sino el impacto positivo que han tenido en la reducción de la pobreza y la disminución de la desigualdad, así como su sustentabilidad en términos fiscales.
Vivienda, salud y educación: la dimensión menos visible
El informe también coloca en el centro la construcción de vivienda, la ampliación de infraestructura hospitalaria y la expansión de espacios educativos.
En vivienda se plantea una meta de 1.8 millones de unidades durante el sexenio. En salud se reportan nuevos hospitales y cientos de quirófanos modernizados. En educación superior se contabilizan cientos de miles de nuevos espacios.
Aquí hay que distinguir resultados de metas.
No todo lo anunciado está terminado.
Pero tampoco puede decirse que se trate exclusivamente de promesas: existe obra ejecutada, infraestructura en operación y ampliación efectiva de servicios.
La verdadera evaluación tendrá que hacerse a partir del cuarto año del sexenio.
Lo que realmente cambió
Vista desde una perspectiva de 26 años, la transformación más significativa quizá no esté en una sola cifra.
Está en la combinación: más salario + más empleo formal + menor desempleo + inflación contenida + inversión récord + reducción de homicidios + expansión de derechos sociales.
Esa combinación no existía con esta intensidad en los primeros años de Fox, Calderón o Peña.
Tampoco existió durante el primer bienio de López Obrador, golpeado por la pandemia.
Y ahí está la principal diferencia histórica de la gestión responsable e intensa de Claudia Sheinbaum.
La tarea pendiente
Sería un error convertir estos resultados en una licencia para dejar de exigir.
México todavía enfrenta informalidad masiva (problema estructural y crónico), bajo crecimiento potencial, desigualdad regional, violencia criminal, deficiencias en instituciones de salud, problemas de productividad y formidables retos fiscales.
La pregunta decisiva para la segunda mitad del sexenio no es, por tanto, si Claudia Sheinbaum tiene resultados que presumir.
Los tiene.
La pregunta es si podrá transformar esos avances distributivos y sociales en mayor productividad, inversión nueva, crecimiento económico sostenido y bienestar duradero.
Porque ahí se encuentra la frontera entre una administración exitosa y una verdadera transformación estructural.
El veredicto
El Segundo Informe no describe un México perfecto. Tampoco lo pretende.
Describe un país que, en varios indicadores fundamentales, está mejor que hace dos años y que presenta resultados particularmente favorables cuando se le compara con los primeros años de los gobiernos anteriores.
Sus cifras deben auditarse, sus omisiones deben señalarse y sus conclusiones deben someterse a escrutinio.
Pero existe una obligación intelectual elemental: criticar con datos lo que está mal sin negar lo que a todas luces está bien.
Y los datos disponibles permiten afirmar algo que ya no puede reducirse a propaganda: la Cuarta Transformación ha conseguido modificar algunas de las variables que durante décadas parecían intocables —salarios, empleo, transferencias sociales y prioridades de política pública— sin provocar la crisis macroeconómica que sus adversarios pronosticaron.
Ahora viene la prueba mayor.
Hacer que esa redistribución se convierta en crecimiento; que el crecimiento se convierta en productividad; que la productividad se convierta en prosperidad y que la prosperidad llegue, efectivamente, a todos.
Ese será el verdadero juicio de la historia sobre Claudia Sheinbaum Pardo.
Héctor O. Carriedo Sáenz
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