Mucho ChatGPT y re-poquito criterio

Ana Karina Fernández
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Hay algo que empieza a resultarme fascinante de esta época y no necesariamente por las razones que uno supondría. Nunca habíamos tenido tanta gente escribiendo tan correctamente, opinando con semejante contundencia y elocuencia, publicando análisis impecables, utilizando palabras que hace seis meses probablemente no formaban parte de su vocabulario y explicándonos prácticamente cualquier cosa con una solvencia intelectual que, querido público culto y conocedor, francamente empieza a resultar sospechosa… o no! De pronto todos entendemos de geopolítica, inteligencia artificial, macroeconomía, comunicación, liderazgo, neurociencia y hasta del conflicto en Medio Oriente. Éramos muchos y parió… ChatGPT.

Y ojo, porque yo utilizo inteligencia artificial y me parece una herramienta brutalmente extraordinaria, pero hablemos del elefante en la sala, una cosa es utilizarla como utilizábamos antes a un editor, a un investigador, a alguien que te ayudaba a encontrar un dato, contrastarlo, ordenar una idea que ya tenías, darle estructura semántica a un argumento, ampliar información o conseguir que algo que sabes y quieres decir esté mejor escrito, y otra bastante distinta es pedirle a una máquina que piense aquello que tú nunca pensaste, que sepa lo que tú ignoras y, además, que te preste temporalmente una inteligencia que no tienes… y que los demás veremos que brilla por su ausencia en una simple sobre mesa!

Porque ahí empieza el problema, y no es tecnológico, es social, porque durante años hemos hecho algo parecido con Photoshop. Uno puede corregir la luz, quitar una ojera, mejorar el encuadre y hasta desaparecer ese granito que tuvo la poca educación de salir justamente el día de la fotografía, pero también puede reducirse veinte centímetros de cintura, ponerse cuadritos, quitarse treinta años y amanecer con la piel de una adolescente coreana. Todo maravilloso hasta que llega uno personalmente a la cena y, plop, la panza también asiste a la cena.

Con la inteligencia está empezando a ocurrir exactamente lo mismo y claro que puedes publicar una columna extraordinaria que no podrías defender durante diez minutos, escribir un análisis financiero sin entender un estado de resultados, subir una reflexión sobre liderazgo cuando no has dirigido ni la junta de vecinos y mantener en LinkedIn una personalidad intelectual francamente envidiable, pero tarde o temprano sucede esa cosa muy jodida llamada convivencia social, y ahí todavía no existe filtro infalible, Photoshop cerebral ni prompt que pueda entrar contigo a una comida y contestar la segunda pregunta.

Y ése, curiosamente, es uno de los temas que más me interesan cuando hablo de los códigos invisibles del poder en Speakeasy, porque hemos sobrevalorado muchísimo lo que una persona dice de sí misma y subestimado brutalmente lo que los demás descubren cuando conviven con ella. La reputación digital puede conseguirte la primera invitación, una fotografía estupenda puede conseguirte atención, una columna magníficamente editada puede hacer pensar que eres brillantísimo y un perfil de LinkedIn puede convertirte prácticamente en el hijo no reconocido de Steve Jobs, pero después hay que sentarse a la mesa y sostener lo que has estado vendiendo!

Y la mesa es cruel, y no porque la gente esté examinándote deliberadamente, sino porque la convivencia proporciona información que ningún currículum contiene. Cómo escuchas, qué preguntas haces, qué referencias tienes, cómo reaccionas cuando desconoces algo, si sabes decir “no sé”, si puedes sostener una conversación fuera de tu especialidad, cómo tratas al mesero, si entiendes un chiste, si tienes curiosidad, mundo, cultura, sentido común y, sobre todo, si aquello que proyectabas resiste una conversación sin apuntador. Hay gente que pierde más reputación durante una comida que durante diez años de malos resultados profesionales, simplemente porque hasta ese momento nadie había tenido oportunidad de escucharla durante dos horas.

La IA, entonces, no me preocupa porque vuelva inteligente a la gente, de hecho, ojalá lo hiciera, más me preocupa que esté perfeccionando nuestra capacidad de parecerlo.

Y hay una diferencia enorme entre utilizar una herramienta para potenciar conocimiento y utilizarla para sustituirlo. Si sabes de relaciones públicas, derecho, medicina, finanzas, arquitectura o lo que sea, puedes pedirle a una inteligencia artificial que encuentre información, organice datos, cuestione tu argumento, mejore una estructura o incluso te diga dónde estás diciendo una soberana tontería. Eso es fantástico, porque el conocimiento sigue siendo tuyo y la herramienta lo amplifica. El problema empieza cuando no existe nada detrás que amplificar.

Me explico: es como ponerse tacones para parecer más alta. Vamos, funcionan maravillosamente, pero no conviene empezar a declarar que mides un metro ochenta porque algún día habrá que quitárselos.

Además, el poder tiene una característica bastante antipática: observa. Mientras uno está preocupado por explicar quién es, las personas alrededor están leyendo otras cosas. Quién necesita demostrar demasiado, quién interrumpe, quién entiende las jerarquías sin volverse servil, quién tiene información pero no criterio, quién conoce nombres pero no personas, quién repite conceptos de moda y quién realmente puede construir una idea propia cuando la conversación se sale del guion.

Por eso creo que esta maravillosa democratización de la inteligencia aparente tendrá un efecto contrario bastante interesante: cuanto más fácil sea parecer brillante en internet, más valor tendrá demostrar inteligencia en persona.

Tal vez volvamos a apreciar algo que nunca debimos abandonar, la conversación. Esa vieja costumbre de sentarnos frente a alguien sin Google abierto, sin edición, sin corrector, sin posibilidad de borrar lo que acabamos de decir y teniendo que recurrir a ese antiquísimo dispositivo que algunos conservan todavía entre las orejas.

Porque la inteligencia artificial puede mejorar muchísimo lo que escribes, amén y bienvenida sea. Puede ayudarte a investigar, editar, ordenar, profundizar y hasta evitar que publiques una burrada, pero no debería convertirse en un alquiler de personalidad intelectual.

Al final puedes llegar a una junta precedido por artículos espectaculares, fotografías perfectas, opiniones sofisticadísimas y un perfil digital que intimida. Pero después abres la boca.

Y ahí, querido lector, se acaba el Photoshop.

Porque como decía mi abuela de quienes presumían más de lo que sabían: mucho ruido… y pocas nueces!

Just saying…

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