Aviso:
El siguiente artículo fue escrito por el autor tras recibir un mensaje transmitido en un sueño a finales de diciembre de 2024. Dicho mensaje ofrecía un análisis de nuestro presente desde un vértice espacio-temporal ubicado a más de novecientos años en el futuro. Las opiniones expresadas en este texto son exclusivamente responsabilidad de quien lo escribe.
La noche del pasado veinte diciembre me encontraba en medio de un sueño cuando de repente se interrumpió la secuencia de sucesos oníricos y de pronto hubo una gran oscuridad que lo cubrió todo, en ese momento me percaté que estaba soñando, pero a diferencia a otras ocasiones donde me había ocurrido lo mismo y de inmediato despertaba, esta vez me mantuve consciente hasta que la oscuridad se fue desvaneciendo y me vi en medio de una gran selva dentro de una estructura semiesférica transparente desde donde se podía ver toda la verde inmensidad que nos rodeaba.

Estaba sentado junto a otras personas formando un gran círculo en medio del cual alguien hacía la función de guía o facilitador. Todas las personas eran seres humanos de características muy similares, de rasgos caucásicos, caras ovaladas y cabello muy largo. Parecían no percatarse de mi presencia, y aunque la comunicación era fluida, nadie, ni siquiera el expositor movía los labios, era un tipo de comunicación telepática que trataré de expresar con palabras a continuación. El expositor que parecía ser la persona con más edad de los ahí presentes, estaba transmitiendo una información que con el paso de los segundos vibraba con mayor nitidez en mi mente. Esto es lo que decía:
“Ahora pongamos el foco en los primeros años del milenio que estamos por concluir, estamos en 2999 y es preciso volver la mirada hacia el pasado para analizar cómo el género humano comenzó esta etapa que nuestros maestros han bautizado como el milenio de la ascensión. Cabe destacar que ninguna etapa de la historia había estado tan bien documentada como esta, gracias a los avances tecnológicos, a la multipolaridad política y a una serie de academias sistematizadas, podemos tener un retrato casi exacto de la vida en los primeros años del segundo milenio.
Es necesario precisar que, a pesar de que existían muchas y diversas realidades a lo largo y ancho del globo, apoyadas en barreras invisibles a las que ellos denominaban países y a pesar también de la diversidad de razas, culturas y lenguas, predominaban ciertas ideas que nos pueden dar una perspectiva clara del modo de vida y de la cosmovisión imperante en esa época, donde el materialismo racionalista vivía su mayor clímax.
Aunque parezca difícil de entender, los humanos vivían exiliados de la naturaleza, en inmensos complejos de acero y cemento (ciudades) donde desarrollaban sus actividades diarias, las cuales eran guiadas por un sistema capitalista enfocado al trabajo, el consumo y al crecimiento económico per se. Esta insostenible lógica no sólo los mantuvo desconectado de la energía vital de la naturaleza, sino que los confrontó con ella, dando como resultado el segundo gran diluvio de 2337. Pero no vayamos tan rápido, sigamos ahondando en la vida en estos primeros años.
Las personas trabajaban para consumir, así como lo escuchan, a razón de tener más que el otro, las personas se enfocaban y se calificaban entre sí por el número de cosas y capital que lograban acumular, su actividad favorita como especie, podríamos definirla con el verbo comprar, lo cual consistía en que, después de una jornada laboral, se acudía a grandes bodegas repletas de pequeñas boutiques de muy diferentes artículos, a gastar el capital que habían ganado con sus horas de trabajo.
A pesar de tener ya conocimiento de la física cuántica y un desarrollo tecnológico muy superior a los de sus predecesores, todo estaba enfocado en su mayor parte a desarrollar bienes de consumo y la ciencia estaba orientada al desarrollo de medicamentos que al igual que todo en ese momento tenía como premisa sostener mercados económicos más que aliviar verdaderamente los males bioenergéticos de las personas, quienes a su vez, en su mayoría, sostenían a una dieta que ahora podemos definir como veneno orgánico, causante de la epidemia de cáncer más grande de la que se haya tenido registro.
Esta etapa que algunos otros también llaman el oscurantismo tecnológico, estuvo marcada por una impuesta concepción de que la competencia estaba por encima de la cooperación. Y recalco la palabra impuesta porque es un hecho que ellos sabían con mucho tiempo de antelación que somos una especie gregaria por naturaleza y sabían también que su evolución estaba ligada a la empatía y la solidaridad. Sin embargo, como en muchos temas autodestructivos de los que ya tenían conocimiento, decidieron hacer caso omiso.
No podemos culpar del todo a los ciudadanos de a pie, ellos también fueron víctimas, imbuidos por un status quo que se postraba ante las grandes mafias económicas propietarias de la riqueza y que a través de las “crisis económicas” constantes hacían reset a la obsoleta, voraz e insostenible máquina mundial de consumo.
Algunos pensadores de la época ya definían esa etapa como una gran regresión en contraste con los conceptos enarbolados a finales del primer milenio, sobre todo en el periodo comprendido entre los siglos XVI y XVII (1700-1800), donde la humanidad en diferentes puntos del planeta había luchado por valores como la libertad, la igualdad y la justicia. Conceptos que fueron reemplazados por una conceptualización deformada de libertarismo económico que devino en la mayor desigualdad registrada en la humanidad.
En el ámbito de estudio más importante para nosotros; me refiero a la conexión espiritual, los humanos se encontraban completamente desconectados de la fuente, por una parte como ya lo comenté al principio, a causa de su divorcio y confrontación con la naturaleza y por otro lado por la preeminencia de dogmas religiosos y políticos que fungían más como mecanismos de control social, que como una verdadera vía de conexión con lo divino.
Es importante destacar en este punto, el uso que hacían de sustancias corrosivas para el espíritu, las cuales empleaban para desconectarse momentáneamente de un sistema que sólo generaba estrés y depresión. Pero era ese mismo sistema el que proveía y permitía el uso de esas substancias, ya que hacían la función de catalizadores sociales y de válvulas de escape temporales. Contrario a la lógica común de cualquier época, prohibían las plantas que el propio planeta provee para facilitar el despertar energético y que ayudan a la conexión espiritual, esas mismas que usaban sus antepasados de los pueblos originarios y que nos sirven ahora en nuestras misiones interdimensionales.
Sin embargo, fue precisamente en ese momento de mayor predominancia materialista cuando comenzaron a surgir pequeños grupos de personas que retomaron las viejas prácticas milenarias, rescatadas de antiguas tradiciones orientales y pueblos americanos originarios, los cuales comenzaron un lento pero constante despertar espiritual, que como ya sabemos, fueron los descendientes de esos hombres y mujeres los que lograron sobrevivir a la última gran guerra y a la segunda gran inundación global.
En ese momento de nuestra trágica historia, nuestra raza se extendía a poco más de ocho mil millones de seres humanos, muy por encima de los setecientos millones que somos ahora. No sólo perdimos tres cuartas partes de tierra habitable después de la guerra, sino también muchas especies de seres sintientes de los siete reinos, incluidas especies del género humano. También perdimos, -específicamente en el siglo segundo– la esperanza de seguir vivos.
En definitiva, los primeros años del milenio fueron, en lo referente a la raza humana, carentes de un sentido trascendental, muy pocos experimentaron la vida en su regia esencia, eran esclavos de un sistema manejado desde las penumbras y la frialdad. Pero como ya hemos dicho, tampoco podemos juzgarlos porque aunque ellos comenzaron el último Apocalipsis, fueron unos pocos de esos seres con un mayor grado de consciencia los que permitieron que hoy estemos aquí analizándolos y al mismo tiempo conociéndonos mejor a nosotros mismos.
Pese a todo lo anterior, dentro de todas esas pérdidas, también perdimos el falso sentido de la dualidad, perdimos la idea -y qué bueno- de que somos seres independientes y autónomos y con ese único aprendizaje ganamos mucho más de lo que perdimos. Ya no tenemos la tecnología ni el desarrollo científico alópata, pero nos tenemos el uno al otro, tenemos todo lo que nos da la tierra, tenemos la conciencia de que somos más que este cuerpo y somos más que esta vida.
Y no lo sabemos porque alguien nos lo dijo desde un púlpito o desde un templo, lo sabemos porque ahora que estamos nuevamente en el regazo de nuestra madre, lo vivimos todos los días, en el canto de los pájaros, en la salida del sol, en el agua de los ríos, en la tierra que pisamos. Y porque ahora nos comunicamos a través de esa conciencia con otros seres y con las otras realidades paralelas de las que también participamos.
Ahora, agradecemos que nuestra sociedad humana está basada en el apoyo mutuo y en la libre asociación, tenemos gerencias comunitarias que se encargan de los temas comunes sin ideas de poder o competencia. Nuestra orientación está volcada a alcanzar mayores niveles de autoconocimiento. Somos viajeros del universo, pero desde nuestro propio ser, no necesitamos naves ni conquistar otros planetas, nuestra alma es la nave, nuestra conciencia el combustible y nuestra compasión nuestra verdadera misión colonizadora”.
Al concluir ese último mensaje comencé a sentir la mirada de todos ellos, como percatándose de mi presencia. En un primer momento sentí un poco de miedo e incomodidad, pero inmediatamente después comencé a experimentar un sentimiento de amor incondicional de cada uno de ellos hacia mi persona. Al poco tiempo abrí los ojos, estaba en mi habitación completamente consciente de que estaba despertando, eran las 7:30 am. Enseguida tuve la necesidad de escribir mi sueño. Y heme aquí.
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