El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, conmemoró este lunes 2 de febrero el 178 aniversario del fin de la Guerra México-Estados Unidos (1846-1848) con un mensaje oficial difundido por la Casa Blanca, en el que describió el conflicto como una “legendaria victoria” que permitió la expansión territorial estadounidense y lo vinculó directamente con su agenda actual de seguridad fronteriza, migración y política exterior en el hemisferio. En el texto, Trump justificó la anexión de más de la mitad del territorio mexicano bajo la idea del Destino Manifiesto y utilizó el episodio histórico para enmarcar sus propias políticas de control migratorio y combate al narcotráfico.
En su mensaje, Trump relató los eventos que condujeron a la guerra, comenzando con la independencia de Texas en 1836 y su posterior anexión a Estados Unidos. Afirmó que en abril de 1846 “las fuerzas mexicanas lanzaron una emboscada a lo largo del Río Bravo, matando a 11 soldados estadounidenses e hiriendo a 6”, acción que, según su narrativa, llevó al presidente James K. Polk a declarar la guerra. Elogió a los generales Zachary Taylor y Winfield Scott, asegurando que las fuerzas estadounidenses, aunque “ampliamente superadas en número”, prevalecieron gracias a su “estrategia militar superior” y “firme dedicación a proteger el interés nacional”. Destacó que Estados Unidos “tomó heroicamente” la Ciudad de México en septiembre de 1847, lo que culminó con la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo y la cesión de 525,000 millas cuadradas (55% del territorio mexicano de entonces) a Estados Unidos.

El mandatario conectó explícitamente este pasado con su gestión presidencial. “Desde que asumí el cargo como el 47.º Presidente de los Estados Unidos, guiado por nuestra victoria en los campos de batalla de México hace 178 años, no he escatimado esfuerzos para defender nuestra frontera sur contra invasiones, defender el estado de derecho y proteger nuestra patria de las fuerzas del mal, la violencia y la destrucción”, declaró. Enumeró como logros de su administración el detener el “flujo de drogas letales que ingresan a nuestro país a través de México”, poner fin a la “invasión de inmigrantes ilegales” y desmantelar “redes narcoterroristas” en el hemisferio.
Trump también presumió haber alcanzado “acuerdos comerciales históricos” con países como El Salvador, Argentina, Ecuador y Guatemala, y afirmó que su administración evitó que “una potencia extranjera hostil controlara el Canal de Panamá”. Concluyó reafirmando su política de “Estados Unidos Primero” y lo que denominó “el Corolario Trump de la Doctrina Monroe”, con el objetivo de garantizar que “el hemisferio se mantenga seguro, próspero y libre”. Este lenguaje evoca la histórica Doctrina Monroe (1823) y su posterior Corolario Roosevelt (1904), que justificaban la intervención estadounidense en América Latina, sugiriendo una visión de hegemonía regional renovada.
Al día siguiente, martes 3 de febrero, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, respondió brevemente al mensaje de Trump durante su conferencia matutina. Al ser cuestionada al respecto, afirmó: “Ya saben cuál es mi opinión. No somos Santa Anna, hay que defender la soberanía”. La referencia a Antonio López de Santa Anna, el presidente mexicano durante la guerra que culminó con la pérdida territorial, fue interpretada como un rechazo a cualquier paralelismo histórico que sugiera debilidad o concesión ante la presión externa, y una reafirmación de la determinación de su gobierno para proteger la soberanía nacional en el contexto actual.

El mensaje de Trump, inusual por su tono celebratorio de un conflicto que en México es recordado como una invasión y una amputación territorial, ha generado reacciones entre historiadores y analistas. Mientras que en Estados Unidos la guerra no es un tema de conmemoración nacional prominente, el enfoque de Trump busca reivindicar un nacionalismo expansivo del siglo XIX para legitimar políticas contemporáneas de fronteras cerradas y unilateralismo. La conexión que establece entre la victoria militar de 1848 y las actuales políticas de seguridad refuerza una narrativa de fortaleza y resolución, aunque omite el consenso histórico sobre las causas complejas y controvertidas de aquel conflicto.
La respuesta concisa de Sheinbaum apela al sentimiento nacional mexicano y evita una escalada retórica directa, pero deja claro que su gobierno no comparte la interpretación histórica ni las implicaciones políticas del mensaje estadounidense. Este intercambio, aunque breve, subraya las tensiones subyacentes en la relación bilateral, donde temas históricos sensibles se entrelazan con disputas actuales sobre migración, seguridad y comercio. La conmemoración de Trump pone sobre la mesa cómo los legados históricos pueden ser movilizados para fines políticos contemporáneos, en este caso, para justificar un enfoque de política exterior y fronteriza que prioriza la soberanía y seguridad estadounidense de manera unilateral.
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