¿Regularidad masónica?

Jorge Iván Domínguez
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En tiempos donde el ruido lo confunde todo —desde la política hasta lo espiritual—, conviene regresar a los conceptos fundamentales: ¿qué es una sociedad iniciática y por qué su esencia no puede ser confundida con religión, política o simple moralismo?

René Guénon, quizá el más lúcido metafísico del siglo XX, afirmó que una sociedad iniciática es aquella que transmite, de forma legítima y operativa, una influencia espiritual verdadera, por medio de una cadena de transmisión ininterrumpida y ritos efectivos. No es solo congregación filantrópica, y mucho menos una secta motivada por emociones intensas o líderes carismáticos: es, sobre todo, una vía de realización espiritual activa, gradual y funcional.

La religión se dirige a la colectividad, apela al dogma, a la devoción y la obediencia. El místico, en su experiencia individual, busca fundirse con lo divino, aunque sin método claro ni guía estructurada. Ambos caminan bajo la luz exterior de la gracia o la emoción. El iniciado, en cambio, recorre un sendero interior ordenado, donde el conocimiento y la transformación personal se alcanzan mediante símbolos, grados, y trabajo consciente. Su vía no es emocional, sino operativa. No adora al fuego: se convierte en él.

Estar iniciado, tal como la etimología de la palabra lo designa, representa un “segundo nacimiento” y una “regeneración”. Segundo nacimiento en cuanto a que se abre al iniciado un mundo diferente de aquel donde ejerce su actividad cotidiana y puramente física, mundo que será para él, el campo de desarrollo de posibilidades de un orden superior. Y es también una Regeneración porque se restablecen en el iniciado prerrogativas que eran naturales en las primeras edades de la humanidad y que buscan conducirle a ese “estado primordial” que significa la plenitud humana.

En consecuencia, la legitimidad de una sociedad iniciática, no se define por el número de miembros, ni por su notoriedad pública, ni por la corrección política institucional, sino en algo mucho más profundo: la transmisión legítima de una influencia espiritual real, por medio de ritos efectivos y una cadena de iniciados que enlaza lo visible con lo invisible.

En este sentido, la Masonería —al menos en su expresión tradicional— es una sociedad iniciática por excelencia. Heredera de linajes antiguos y con un corpus simbólico profundamente estructurado, ha sido uno de los vehículos fundamentales de transmisión iniciática en Occidente. Su influencia en la historia moderna y contemporánea es tan profunda como discreta: revoluciones políticas, avances científicos, movimientos filosóficos y sociales han tenido en ella un germen silencioso.

No es casual que nombres como Goethe, Bolívar, Mozart, Rosseau, Washington ó Juárez compartieran la iniciación masónica. Porque más allá de conspiraciones banales, la Masonería fue —y puede volver a ser— el taller invisible donde se forja la conciencia del porvenir.

Ahora bien, ¿qué es y en que se basa la regularidad en la Masonería? No es una cuestión de burocracia, membresía o lealtad a una federación. Para cualquier iniciático serio, regularidad significa estar enraizado en una tradición legítima, con una transmisión simbólica ininterrumpida y un propósito ético y espiritual claro. La regularidad no se decreta, se encarna.

Confundir la regularidad con la política organizacional es reducir lo supremo a lo profano. Muchos cuerpos masónicos se han deslizado hacia esa trampa: creer que la afiliación a organismos internacionales, garantiza por sí misma el valor iniciático. No es así. Y aquí entra la reciente controversia que ha intentado opacar a la Muy Respetable Gran Logia Valle de México.

Lo sucedido entre la Confederación Masónica Interamericana (CMI) y la Gran Logia Valle de México no es, en el fondo, un debate sobre regularidad iniciática. Es un conflicto de poder, egos y estructuras de control institucional. Todo lo contrario a la verdadera y fundamental misión de la masonería. La Gran Logia Valle de México, con más de ciento sesenta años de historia, no sólo es la obediencia más grande de habla hispana en el mundo, sino que conserva aún, en su seno, una práctica iniciática legítima, ininterrumpida y viva. Muestra de ello pudo constatarse cuando suscitada esta querella política, la Gran Logia de Francia no tardó en extender una carta patente a Valle de México, no sólo porque sabe de su regularidad iniciática, sino también de su representatividad en el hemisferio.

Su labor simbólica, su cuerpo ritual, sus vínculos históricos con el constitucionalismo mexicano, y su capacidad de renovación, la colocan muy por encima de entes burocráticos que muchas veces operan bajo lógica de alianzas más propias del derecho corporativo mercantilista que bajo la del sendero iniciático. En ese sentido, Valle de México no necesita reconocimiento: lo irradia.

El mismo Guénon lo advirtió con claridad: lo esencial en una sociedad iniciática es que conserve la llama de la influencia espiritual, que sea fiel transmisora de un principio superior y que permita al hombre elevarse más allá de las ilusiones del mundo profano y derrotar a sus verdaderos enemigos; la ignorancia, el fanatismo y la codicia.

La Masonería debe permanecer en ese centro. Debe recordar que no es sólo una sociedad fraternal y filantrópica, ni una red de poder. Es, en su más pura esencia, una escuela de reconstrucción interior, un laboratorio del alma, un puente entre lo efímero y lo eterno.

Porque al final, no hay mayor irregularidad que haber olvidado para qué encendimos la luz en el templo.

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