A un año de que México se convierta en uno de los escenarios principales del Mundial de Futbol 2026, el gobierno federal enfrenta un problema que ningún estratega hubiera querido tener en la agenda: el conflicto con la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE).
Mientras el país se prepara para vender al mundo una imagen de modernidad, estabilidad y capacidad organizativa, las calles de la capital vuelven a convertirse en el escenario de marchas, bloqueos, plantones y movilizaciones de uno de los movimientos sociales con mayor capacidad de presión política en México.
La pregunta no es si la CNTE tiene razones para protestar. La verdadera pregunta es por qué un gobierno que llegó al poder con el respaldo de amplios sectores del magisterio hoy enfrenta uno de los mayores niveles de tensión con ese mismo grupo.
El costo político de las expectativas incumplidas
Las movilizaciones actuales son la consecuencia de un fenómeno recurrente en la política: las expectativas.
Durante años, la CNTE encontró en el discurso de la Cuarta Transformación una narrativa cercana a sus demandas históricas. La promesa de revertir aspectos de la reforma educativa anterior, mejorar las condiciones laborales del magisterio y revisar el sistema de pensiones generó una expectativa de transformación profunda.
Sin embargo, gobernar siempre resulta más complejo que prometer.
Las restricciones presupuestales, los compromisos financieros del Estado y la complejidad administrativa han provocado que muchas de esas expectativas no se traduzcan en resultados concretos para miles de docentes.
Y cuando las expectativas crecen más rápido que los resultados, inevitablemente aparece la frustración.
El Mundial como amplificador político
La cercanía del Mundial agrega un ingrediente estratégico que no puede ignorarse.
Los grandes eventos internacionales funcionan como vitrinas globales. Todo lo que ocurre en las ciudades sede deja de ser un asunto local para convertirse en noticia internacional.
La CNTE lo sabe.
Históricamente, los movimientos sociales buscan maximizar la visibilidad de sus causas y pocas ventanas ofrecen más atención mediática que un evento observado por cientos de millones de personas.
No se trata únicamente de una disputa salarial o administrativa. También es una disputa por la visibilidad.
En política, el momento importa tanto como la demanda.
Y protestar cuando el gobierno necesita proyectar estabilidad suele ser mucho más efectivo que hacerlo cuando la atención pública está dispersa.
El dilema presidencial
La administración federal enfrenta una ecuación compleja.
Por un lado, necesita evitar que las movilizaciones escalen y generen una percepción de ingobernabilidad.
Por otro, tampoco puede abrir la puerta a concesiones que comprometan la estabilidad financiera del Estado o generen presiones similares desde otros sectores sindicales.
La estrategia de desgaste rara vez funciona con la CNTE.
La historia demuestra que la Coordinadora posee una capacidad organizativa, territorial y de resistencia que supera los ciclos mediáticos tradicionales.
Ignorar el conflicto puede prolongarlo.
Sobrerreaccionar puede fortalecerlo.
Ceder totalmente puede multiplicarlo.
El riesgo para la narrativa gubernamental
Más allá de los efectos prácticos de los bloqueos o las afectaciones económicas, existe un riesgo aún mayor: el narrativo.
La actual administración ha construido buena parte de su legitimidad política sobre la idea de representar a los sectores históricamente olvidados.
Cuando uno de esos sectores sale a las calles para denunciar incumplimientos, la discusión deja de ser laboral y se convierte en política.
La oposición buscará presentar el conflicto como una evidencia de desencanto.
El oficialismo intentará encuadrarlo como una negociación legítima dentro de una democracia.
La batalla, como ocurre cada vez más en el siglo XXI, no será únicamente por los recursos públicos. Será por el relato.
Lo que viene
A medida que se acerque el Mundial, cada conflicto social tendrá una resonancia amplificada.
La CNTE parece haber entendido que el calendario también es un instrumento de presión.
El gobierno deberá decidir si enfrenta el problema como una negociación laboral más o como un desafío político de alta sensibilidad nacional e internacional.
Porque cuando el mundo pone los ojos sobre un país, cada protesta se vuelve más visible, cada error más costoso y cada decisión más trascendente.
El Mundial aún no comienza.
Pero en el terreno político, el partido ya está en marcha.
