Hay algo requete-mexicano en convertir la distracción en deporte nacional. Y no, no hablo del fútbol, aunque también aplica perfecto. Hablo de esta capacidad casi barroca de incendiar la conversación pública con fantasmas históricos mientras el presente se desmorona con puntualidad inglesa.
México vive uno de los momentos más delicados por lo que respecta a percepción institucional de los últimos años, al menos en los 50 que me constan, y aun así el debate nacional termina atrapado entre Hernán Cortés, España, TikTok, Elektra y algún escándalo reciclado de hace quinientos años. Francamente admirable. Borges habría amado esta retórica: un país atrapado en un laberinto donde todas las salidas conducen al mismo panel de opinión.
Y mientras tanto… Sinaloa. Ya saben que a esta autora le apasiona hablar del elefante en la sala!
Porque ahí está el verdadero elefante en la sala. Las acusaciones alrededor de Rocha Moya, el ruido internacional sobre seguridad, las investigaciones políticas incómodas, la presión creciente desde Estados Unidos y una ciudadanía que empieza a desconfiar simultáneamente de gobiernos, fiscalías y versiones oficiales.
Pero tranquilos todos. La conversación va sobre Carlos I de España.
Lo más impresionante no es la estrategia de distracción. Eso existe desde hace siglos. Lo impresionante es el nivel de sofisticación emocional con el que se ejecuta. Harvard Kennedy School lleva años documentando cómo gobiernos bajo presión desplazan la atención hacia temas identitarios e históricos cuando necesitan fragmentar la conversación pública. No porque resuelvan algo… sino porque administrar emociones suele ser más rentable que resolver problemas. Nos suena familiar?
Y honestamente, durante mucho tiempo funcionó.
El problema es que la realidad tiene una pésima costumbre: acumularse.
México ya carga demasiadas capas simultáneas, violencia, desapariciones, extorsión, deterioro institucional, militarización, presión diplomática, desconfianza regulatoria, tensión comercial con Estados Unidos. Y encima una ciudadanía emocionalmente agotada. Digamos que ya no es lo duro, sino lo tupido!
Ahí es donde todo esto empieza a parecerse peligrosamente a Don’t Look Up.
La película era presentada como sátira… hasta que la realidad decidió usarla como tutorial. Un gobierno viendo venir un desastre gigantesco mientras la conversación pública se convierte en un carnaval de distracciones perfectamente administradas. Todos discuten banalidades mientras el cometa viene directo hacia la Tierra. Porque admitir el tamaño real del problema implicaría asumir costos políticos insoportables.
Y México hoy se siente exactamente así.
Mientras aquí discutimos estatuas, agravios históricos y narrativas ideológicas, en Washington el narcotráfico dejó de ser tratado solamente como un problema criminal. Basta leer documentos recientes (públicos), del Departamento de Justicia, la DEA o la National Drug Control Strategy para entender que el lenguaje ya cambió. Ahora hablan de amenaza hemisférica, infiltración económica y seguridad nacional.
Eso modifica completamente la relación bilateral.
Porque cuando Estados Unidos cambia la categoría conceptual de un problema… eventualmente cambia también el nivel de tolerancia diplomática.
Pero aquí seguimos atrapados en el equivalente político de la FMF.
Y sí, el paralelismo con el fútbol mexicano es brutalmente incómodo.
México organizará su tercera Copa del Mundo en 2026. Un récord histórico. Ningún otro país lo ha conseguido. Y aun así llegaremos al Mundial con la extraña sensación de anfitrión disminuido. Como ese personaje elegante que organiza una fiesta espectacular mientras el banco está a punto de embargarle la casa.
La Federación Mexicana de Fútbol perfeccionó una alquimia extraordinaria donde cada fracaso deportivo genera todavía más dinero. Algo similar ocurre en la política: cada crisis narrativa produce nuevas distracciones, nuevos enemigos simbólicos y nuevas conversaciones emocionales para evitar hablar del problema estructural.
El negocio prospera pero la institución se erosiona.
Exactamente igual que en el país.
Durante décadas el fútbol funcionó como la última ficción emocional donde México podía sentirse superior a Estados Unidos durante noventa minutos. Una compensación simbólica frente a una relación históricamente desigual en poder económico, militar y tecnológico.
Pero incluso eso, también se perdió.
Ahora Estados Unidos tendrá la mayoría de las sedes del Mundial, la final y los partidos estratégicos, mientras México conserva tres estadios y el gesto protocolario del partido inaugural. Una metáfora impecable de la relación contemporánea entre ambos países: México aparece en la fotografía… Estados Unidos controla el encuadre.
Y ahí aparece algo todavía más inquietante.
Tal vez el problema central de México ya no sea únicamente la inseguridad, la corrupción o la violencia. Tal vez el problema más profundo sea psicológico. Una lenta normalización del deterioro. Una especie de fatiga emocional colectiva donde el ciudadano aprende a vivir brincando de escándalo en escándalo hasta perder capacidad de asombro.
Eso también lo entendió Orwell en 1984. El control no siempre ocurre prohibiendo información. A veces ocurre saturando la conversación hasta volver imposible distinguir qué importa realmente.
Y mientras tanto las madres buscadoras siguen cavando fosas con palas en medio del desierto. Ahí se rompe cualquier estrategia de comunicación. Porque ningún aparato narrativo puede competir contra una madre buscando huesos humanos de sus hijos!
Ninguno.
Por eso el desgaste empieza a notarse. Cada vez más figuras oficialistas hablan desde el enojo, la saturación o la irritación permanente. Y eso suele ocurrir cuando un gobierno deja de controlar el ritmo de conversación y empieza simplemente a reaccionar a ella.
Roma hacía algo parecido en su decadencia. Seguía organizando espectáculos grandiosos mientras las grietas estructurales crecían por dentro. El circo continuaba lleno aunque el edificio ya estuviera crujiendo.
México hoy se parece inquietantemente a eso.
Un país capaz de organizar un Mundial espectacular… mientras pierde el control emocional de sí mismo.
Un gobierno obsesionado con administrar la conversación… mientras la realidad avanza sin pedir un vale.
Y una ciudadanía mirando el cometa venir hacia nosotros… mientras en televisión alguien sigue discutiendo a Hernán Cortés.
Y así seguimos: organizando ceremonias para sentirnos potencia mientras administramos ruinas con producción televisiva de primer mundo. En México, el espectáculo nunca cancela la decadencia… namás la musicaliza.
Y como dijo Monsiváis: “Ya no somos los protagonistas de la historia; apenas sus comentaristas.”
Just saying…
