El Gobierno federal confirmó que el número de víctimas mortales a causa de las lluvias en el país se elevó a 48, tras nuevos decesos reportados en Veracruz, Puebla, Hidalgo, Querétaro y San Luis Potosí. Los desbordamientos de ríos, los derrumbes y las inundaciones han dejado comunidades enteras incomunicadas, miles de viviendas destruidas y servicios básicos colapsados. Sin embargo, más allá de la tragedia inmediata, hay una verdad que México no puede seguir ignorando: estos fenómenos no son excepcionales; son la nueva normalidad.
Las lluvias de los últimos días se han ensañado con Veracruz, donde 55 municipios resultaron afectados y 16 mil viviendas quedaron dañadas. En Puebla, el panorama es similar: 37 municipios afectados, 83 deslaves y más de 16 mil hogares sin condiciones habitables. Hidalgo vive una de las crisis más severas, con 22 personas fallecidas, 308 escuelas dañadas, 59 centros de salud afectados y 150 comunidades aisladas. En Querétaro, los deslizamientos cortaron caminos y dejaron a poblados enteros incomunicados; mientras que en San Luis Potosí, las autoridades evacuaron preventivamente a familias enteras ante el riesgo de nuevos derrumbes.
Estos no son eventos aislados. Son el reflejo directo de un fenómeno global irreversible: el cambio climático. México, como muchos otros países del sur global, está pagando las consecuencias de un sistema económico que durante décadas ha priorizado el crecimiento por encima del equilibrio ambiental. Y lo más preocupante es que, aunque el país refuerce su infraestructura o mejore su capacidad de respuesta, sin un compromiso real de las grandes potencias emisoras —como Estados Unidos y China—, los desastres serán cada vez más frecuentes y devastadores.
El cambio climático no se detendrá. Las lluvias torrenciales, los huracanes de categoría histórica y las sequías prolongadas serán fenómenos recurrentes, no excepcionales. Ante esto, México debe asumir una nueva mentalidad: ya no se trata solo de prevenir, sino de aprender a sobrevivir.
El país necesita una estrategia nacional de adaptación climática a largo plazo, que deje de ser reactiva y se convierta en preventiva. Es urgente fortalecer a la Coordinación Nacional de Protección Civil, dotarla de recursos permanentes y de tecnología meteorológica avanzada que permita anticipar los eventos extremos con suficiente margen.
Asimismo, se requiere una inversión sostenida en infraestructura resiliente: sistemas de drenaje urbano capaces de soportar lluvias torrenciales, carreteras y puentes diseñados para resistir deslaves, y planes de reubicación para comunidades que viven en zonas de alto riesgo.
Pero no basta con la obra pública. México debe transformar su modelo de desarrollo territorial, frenando la expansión desordenada de viviendas en laderas, márgenes de ríos o zonas costeras vulnerables. La protección civil no puede seguir siendo una reacción improvisada cada temporada; debe convertirse en una política de Estado.
La situación actual deja claro que los refugios temporales y los centros de acopio son paliativos necesarios, pero no soluciones estructurales. En el futuro cercano, México enfrentará lluvias más intensas y sequías más prolongadas. Es probable que en las próximas décadas los fenómenos meteorológicos extremos desplacen a miles de personas dentro del territorio nacional, configurando un nuevo tipo de crisis: la de los refugiados climáticos mexicanos.
Y aunque parezca una tarea imposible, aún hay margen para construir resiliencia. La clave está en planificar el país con el clima en mente. Esto implica integrar criterios de riesgo en los presupuestos municipales, reformar la legislación urbana y garantizar que cada nuevo proyecto público o privado considere su impacto ambiental y su vulnerabilidad ante fenómenos naturales.
México no puede esperar a que las potencias del mundo reduzcan sus emisiones. No lo harán a corto plazo. La transición energética global avanza demasiado despacio y, mientras tanto, los efectos del calentamiento seguirán intensificándose. El país tiene que aprender a resistir, adaptarse y reconstruirse con cada embate de la naturaleza. Porque, como han demostrado las lluvias de esta semana, el cambio climático ya no es una amenaza futura: es una tormenta presente.
