Maniqueísmo, la gran mentira.

Ivette Estrada
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El maniqueísmo es una de las narrativas más antiguas y peligrosas porque simplifica al mundo para volverlo “comprensible”.  Pero en ese proceso de dividir entre “buenos” y “malos”, se borran los matices y personas. Lo que queda es fantasía, sensacionalismo y miedo.

Esa dicotomía es una narrativa que seduce porque ofrece claridad inmediata, aunque sea falsa y “caricaturice” o muestre realidades monstruosas.

Es más fácil decir “México es un país de narcos” que aceptar la complejidad de una nación donde conviven violencia estructural con calidez humana, creatividad  y resiliencia.

El maniqueísmo es ceder al prejuicio. Lo adoptamos porque es una manera de no pensar ni matizar. Permite no confrontar la complejidad del otro.

Aquí operan tres mecanismos:

Economía cognitiva. Pensar en matices cansa. El cerebro prefiere atajos.

Economía emocional.  El miedo pide explicaciones simples. Lo complejo angustia.

Economía narrativa. Los medios y las redes premian lo sensacionalista, no lo verdadero.

El resultado es devastador: la reputación de personas, grupos y países se vuelve rehén de relatos ajenos.

México es un caso emblemático.

Mientras afuera se le narra como un territorio de crimen, adentro florece una humanidad que sorprende: hospitalidad, humor, solidaridad espontánea, una bonhomía que no es ingenua sino ancestral.

Pero el maniqueísmo internacional, y a veces interno, lo reduce a un solo trazo: violencia. ¿Por qué? Porque lo complejo no cabe en titulares,  lo luminoso no genera clics y lo humano profundo no vende.

Así, un país entero queda atrapado en una sombra que no le pertenece.

Lo que ocurre con los países ocurre también en lo íntimo: En empresas: “este es el bueno, este es el conflictivo”. En familias: “ella es la responsable, él es el problema”. En equipos: “este salva, este estorba”.

El maniqueísmo organiza el mundo como si fuera un cuento moral, pero realmente es un tejido de contradicciones.

Así, cuando una organización adopta esta mirada binaria, pierde talento, creatividad y verdad. Cuando una familia la adopta, pierde vínculos. Cuando un país la asume, pierde futuro.

Cuando borramos los matices, desaparece la humanidad, posibilidad de comprender y la capacidad de ver al otro como un ser complejo, contradictorio, lleno de luces y sombras.

El maniqueísmo empobrece la narrativa, pero también la realidad.

Los matices no son debilidad: son la textura de lo humano.

Allí donde volvemos a mirar con profundidad, la sombra se disipa y la realidad recupera su dignidad.

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