La UNAM suspendió esta semana las inscripciones a licenciatura. No por una huelga, no por presupuesto, no por toma de rectoría. Las suspendió porque su primer examen de admisión en línea produjo una generación de genios que la institución no supo de dónde salió. En Medicina, la proporción de aspirantes con examen casi perfecto pasó de 7% a cerca de 30%. Un salto que la biología no explica y que no coincide con ninguna mejora súbita en la educación media superior del país. Algo pasó. Y ese algo cabía en una pestaña del navegador.
Conviene entender la mecánica, porque es de una elegancia notable. Durante cinco años los puntajes de corte se mantuvieron planos, previsibles, aburridos. Este año, el primero aplicado completamente en línea, saltaron de golpe: la proporción de aspirantes con cien o más aciertos se triplicó. El sospechoso obvio es la inteligencia artificial, salvo por un detalle incómodo que notaron los analistas que destaparon el asunto: la IA no nació en 2026, lleva años entre nosotros. Si ella sola explicara el salto, los aciertos habrían subido poco a poco. No lo hicieron. Lo que cambió este año no fue que existiera la tecnología, sino que a alguien se le ocurrió dejar el examen sin vigilancia y confiar en el honor de dieciocho años. La presidenta lo llamó, con generosidad, no tomar en cuenta «todo el desarrollo tecnológico que existe ahora». Dejaron la puerta abierta y se sorprendieron de que entraran.
Y aquí la historia deja de ser un problema técnico para volverse un retrato generacional. Porque los aspirantes que usaron IA no lo ocultaron. Lo presumieron. En TikTok, en X, subieron capturas de sus puntajes acompañadas de un mensaje para los que estudiaron meses a la antigua: pendejos. Así, con todas sus letras, que aquí abreviamos por decoro que ellos no tuvieron. El tramposo no solo ganó el lugar: se dio el lujo de burlarse del honesto por serlo. La trampa dejó de dar vergüenza. Ahora da likes.
La UNAM, para su crédito, reaccionó. Bloqueó a más de mil cien personas por comportamiento sospechoso, presentó una denuncia penal contra quienes vendieron servicios fraudulentos y convocó a una comisión técnica para revisarlo todo. Declaró en su comunicado que «debe ser ejemplo de respeto a las normas y a los procesos establecidos que velan por la integridad y la honestidad académica». Una frase impecable, publicada cuatro días antes de que empezaran las inscripciones que tuvo que cancelar. El ejemplo de integridad llegó, como suele llegar en este país, después de que el daño ya estaba hecho y viralizado.
Del otro lado de la estadística hay hasta cinco mil quinientos aspirantes que quedaron fuera con puntajes que el año pasado les habrían alcanzado. Estudiaron, hicieron su examen sin ayuda, sacaron lo que siempre bastó, y descubrieron que la vara subió no porque sus competidores fueran mejores, sino porque tuvieron mejor conexión a internet. No se quedaron llorando: convocaron una marcha en la Ciudad de México y ya tienen abogados llevando los casos, algunos de alumnos con cien aciertos que se quedaron fuera mientras los mínimos de ciertas carreras subían más de veinte. Denuncian además que el sistema de vigilancia arrojó falsos positivos, es decir, que castigó a inocentes con la misma eficiencia con que dejó pasar a los tramposos. A los que sí estudiaron les tocó, encima del rechazo, contratar abogado para recuperar lo que ya se habían ganado limpiamente.
Al final quedará una comisión, un informe, unas recomendaciones y, con suerte, un examen presencial el año que viene. Pero el precedente ya está sembrado y es el más caro de todos. Una generación entera aprendió, antes de pisar un aula universitaria, que en México hacer trampa no solo funciona: se presume. Y que el que no la hace no es íntegro.
Es iluso.
Rodrigo Melo Castro
