Los códigos del poder también seducen

Ana Karina Fernández
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Hablemos de algo que seguro genera mucha curiosidad antropológica: no todas las mujeres que construyen relaciones con hombres extraordinariamente poderosos tienen la misma historia. Pero cuando observas suficientes casos, empiezas a detectar patrones… y no de belleza. Ni de suerte. Mucho menos de oportunismo. Hablemos de códigos.

La mayoría de las personas cree que un hombre con poder elige como cualquiera. En realidad, mientras más alto es el costo de equivocarse, más sofisticados se vuelven sus filtros.

Por eso las preguntas interesantes nunca son quién conquistó a un príncipe, un multimillonario o un líder global.

La pregunta correcta tiene que ser otra: Por qué algunas mujeres permanecen en esos círculos durante décadas mientras otras apenas logran acercarse una vez?

Tomemos como referencia a mujeres como Adriana Abascal y otras figuras similares que, más allá de los nombres, parecen moverse con absoluta naturalidad entre aristócratas, empresarios, inversionistas y familias de enorme influencia. Si analizamos el fenómeno desde la psicología social, la teoría del intercambio y la investigación sobre selección de pareja, aparecen elementos mucho más interesantes que el físico.

El primero es que llegan con una identidad.

Las personas que mantienen autonomía en relaciones con parejas muy poderosas suelen haber construido una trayectoria antes del vínculo. Tenían una carrera, una reputación o un reconocimiento previo. Eso significa que la relación no crea su identidad, solamente se suma a ella.

En psicología de pareja existe un fenómeno llamado fusión asimétrica. Ocurre cuando una persona termina absorbiendo completamente la identidad de la otra. Deja de ser ella misma para convertirse únicamente en “la esposa de”, “la novia de” o “la pareja de”. Las relaciones más estables en entornos de poder suelen evitar precisamente eso.

Quien tiene una narrativa propia no necesita pedir prestada la de nadie.

El segundo elemento es el locus de control interno.

La psicología de la personalidad describe así a quienes sienten que el rumbo de su vida depende principalmente de sus decisiones y no de circunstancias externas. Esa diferencia parece pequeña, pero cambia por completo la dinámica de una relación.

Una mujer con locus de control interno no espera que un hombre le cambie la vida.

Es ella quien decide qué hacer con la vida que ya construyó.

Paradójicamente, esa autonomía suele resultar mucho más atractiva para hombres acostumbrados a que las personas intenten obtener algo de ellos.

Después aparece un factor que pocas veces se menciona.

El manejo de la asimetría de poder.

Toda relación donde existe una diferencia importante de patrimonio, fama, influencia o edad necesita negociar esa diferencia. No hacerlo suele terminar en dependencia.

Las parejas que mejor funcionan crean zonas de autonomía: proyectos propios, ingresos propios, amistades propias, espacios donde cada uno sigue siendo individuo además de pareja.

Cuando todo depende de una sola persona, la relación deja de ser una alianza para convertirse en una estructura de poder.

También existe otro concepto muy útil para entender estas dinámicas.

El capital simbólico.

El sociólogo Pierre Bourdieu explicó que las personas no solo intercambian dinero o bienes materiales. También intercambian prestigio, legitimidad, redes de contacto, educación, cultura y reconocimiento social.

Por eso es un error pensar que en estas relaciones únicamente el hombre aporta valor.

Muchas mujeres aportan un enorme capital simbólico, hablan varios idiomas, saben de arte, entienden protocolo.

Pueden sostener una conversación con un jefe de Estado, un empresario o un curador de museo sin sentirse fuera de lugar. Tienen criterio estético y construyen confianza y con ellos, abren puertas. Representan bien a quien las acompaña.

En términos de intercambio social, ambas partes entregan recursos, aunque sean distintos.

El hombre aporta unas cosas y la mujer aporta otras.

Eso no es dependencia: se llama reciprocidad.

Aquí aparece una diferencia que suele pasar desapercibida.

Muchas personas invierten toda su energía en ser atractivas.

Muy pocas invierten en ser tranquilizadoras.

Y la tranquilidad tiene un enorme valor para quienes viven bajo presión permanente.

Los hombres que administran grandes patrimonios, empresas o responsabilidades públicas suelen convivir con conflictos todos los días.

Cuando llegan a su vida privada no necesariamente buscan más intensidad.

Muchas veces buscan previsibilidad, discreción y buen juicio. Lealtad. Capacidad para resolver sin escándalo.

La sofisticación emocional suele generar más permanencia que el impacto inicial.

Existe, además, un riesgo frecuente.

La identidad prestada.

Se reconoce fácilmente.

Toda la narrativa pública gira alrededor de la pareja.

Desaparecen los proyectos personales.

Las amistades cambian completamente.

El prestigio depende de seguir perteneciendo a ese círculo.

Y cuando termina la relación, también parece terminar la identidad.

Eso no es influencia, es dependencia con mucha fotografía.

Las mujeres que conservan valor después de una separación normalmente ya tenían valor antes de conocer a esa persona.

Ese detalle cambia toda la lectura.

Ahora bien, tampoco conviene romantizar estas relaciones.

Desde fuera solemos observar el glamour.

No vemos los acuerdos y no vemos las renuncias, ni vemos la presión de representar determinados apellidos, empresas o dinastías.

Tener acceso al poder no garantiza bienestar, solo significa que alguien aprendió a navegar un ecosistema con reglas muy distintas.

Y quizá ahí está la lección más útil.

Las mujeres que permanecen cerca del poder durante muchos años rara vez parecen obsesionadas con acercarse al poder.

Están demasiado ocupadas construyendo el suyo.

Ese es el error más común de quienes buscan una pareja de alto valor.

Intentan parecer indispensables.

Cuando, en realidad, lo indispensable nace de otra parte: del criterio, de la conversación y del autocontrol, de la reputación y la capacidad para sumar sin desaparecer.

Porque el verdadero lujo nunca ha sido salir con alguien importante.

El verdadero lujo es poder entrar a cualquier habitación… y seguir siendo exactamente la misma persona, sin importar quién esté sentado frente a ti.

Ahí es donde empieza el poder que no depende de un apellido, de una fortuna o de una relación.

Y ahí también empieza la reputación que nadie puede quitarte.

Just saying …

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