La era de la polarización: ¿hasta dónde permitiremos la deshumanización?

Filiberto Cruz Monroy
246 vistas

Vivimos una era en la que celebrar tanques y uniformes convive con amenazas latentes contra quienes disienten, y donde el asesinato de una legisladora sale, con demasiada frecuencia, de las páginas de sucesos para convertirse en síntoma de una enfermedad democrática profunda.

Mientras Donald Trump festejó con un desfile militar el 250 aniversario del Ejército de Estados Unidos, millones claman en las calles contra su política migratoria. Pero, ¿es la protesta un acto de rebeldía inútil o acaso la celebración institucional de la fuerza revela hasta qué punto el poder ha perdido el contacto con la dignidad humana?

En Minnesota, el crimen contra Melissa Hortman y su esposo no es un hecho aislado sino la culminación violenta de una atmósfera enrarecida: un individuo radicalizado, con supuestos vínculos religiosos y de “seguridad” que, amparado en un manifiesto de odio, disparó contra quienes representan el pluralismo político. ¿Hasta cuándo aceptaremos que la retórica incendiaria aliente el asesinato como herramienta de “limpieza ideológica”?

Al otro lado del mundo, la guerra entre Israel e Irán avanza como un reloj que cuenta regresivamente hacia el caos regional. Cada ataque, cada represalia, expande el fuego geopolítico. ¿Estamos dispuestos a mirar de frente los intereses que financian el conflicto, o seguimos tolerando narrativas simplistas que enmascaran atrocidades? No es todo, Israel continua con su limpieza étnica en Gaza y con su plan para adueñarse de un territorio que no le pertenece y que no le pertenecerá jamás.

Mientras tanto, Rusia y Ucrania prolongan un enfrentamiento sin un ápice de resolución: un pulso mortal que debería avergonzar a quienes pregonan la paz, pero que revela la hipocresía de las potencias que venden discursos humanitarios al tiempo que envían armas.

La radicalización política ya no es patrimonio de un puñado de extremistas: es un contagio global. La extrema derecha avanza con descaro en Europa, América y otras regiones, legitimándose con discursos xenófobos y racistas que encuentran eco en redes sociales diseñadas para favorecer la provocación. No se trata de “políticas duras” o “seguridad nacional”: se trata de castigar al diferente, al vulnerable, al migrante que busca refugio.

La pobreza y la desigualdad son la raíz que nutre este monstruo. En un mundo donde el abismo entre ricos y pobres se agranda sin freno, la frustración colectiva se transforma en rabia contra el “otro”: el extranjero, el pobre, el étnico, el religioso minoritario. Gobiernos y élites se refugian en retóricas vacías de solidaridad, mientras conglomerados empresariales y especuladores aseguran sus ganancias sin pudor. ¿Cuándo exigiremos políticas que confronten la injusticia en lugar de magnificarlas con propaganda patriótica y desfiles ostentosos?

Y en el centro de esta tormenta, las redes sociales demuestran su capacidad destructiva: viralizan mentiras, magnifican conspiraciones y difuminan la línea entre información veraz y rumor letal. La desinformación ya no es un error: es un arma. La agresión verbal se normaliza y la empatía se desangra en un mar de comentarios anónimos que celebran la violencia. ¿Por qué no exigimos responsabilidad real a las plataformas, a los algoritmos que premian el morbo y a los voceros que engordan sus audiencias con provocaciones deliberadas?

Esta columna no es un lamento al viento: es una llamada urgente a la acción colectiva. Las sociedades que permiten la exaltación del aparato militar sin cuestionar la consecuencia humana están condenadas a repetir errores trágicos. Quienes enarbolan consignas autoritarias mientras cierran puertas a migrantes y minorías siembran el terreno de la violencia política. Y si celebramos tanques en la avenida principal, alimentamos la idea de que la fuerza bruta es la respuesta a la complejidad social.

@filibertocruz y filibertocruz@gmail.com

También te puede interesar