Durante muchos años hemos cometido el mismo error: hablar de cultura como si fuera únicamente un tema de identidad, patrimonio o sensibilidad social. Todo eso es cierto. Pero también es insuficiente.
La cultura es, quizá, una de las industrias más poderosas del siglo XXI. Genera empleo, atrae inversión, incrementa el turismo, fortalece la identidad de un territorio, desarrolla talento, crea propiedad intelectual y construye reputación internacional. En otras palabras, la cultura también produce crecimiento económico.
Esa fue precisamente una de las reflexiones más valiosas que me dejó la mesa de trabajo convocada por la Secretaría de Cultura y Turismo del Estado de México, encabezada por Nelly Carrasco, junto con la Subsecretaría de Cultura, liderada por Fátima Olivares, para dialogar con representantes del empresariado sobre la construcción de la futura Ley de Cultura del Estado de México.
Más allá de cualquier diferencia de perspectivas, hay algo que merece ser reconocido: pocas veces un gobierno decide sentarse a escuchar antes de legislar. Abrir el micrófono al sector empresarial, a especialistas y a quienes todos los días enfrentan los retos de generar inversión, empleo y desarrollo, no solamente enriquece el proceso. También envía un mensaje de apertura que fortalece cualquier iniciativa pública.
Ese, por sí mismo, ya es un gran comienzo.
Durante la conversación surgió una idea que considero fundamental: el enorme potencial cultural del Estado de México todavía puede convertirse en un motor económico mucho más robusto del que hoy representa.
Y no hablo únicamente de organizar más eventos o festivales.
Hablo de construir una visión de largo plazo donde la cultura sea entendida como una industria estratégica.
Los ejemplos internacionales demuestran que no se trata de una aspiración romántica, sino de una decisión de política pública.
Corea del Sur entendió hace varias décadas que su música, su cine, su televisión, su gastronomía, su diseño y sus industrias creativas podían convertirse en uno de sus principales activos económicos. Lo que comenzó como una estrategia para fortalecer el sector cultural terminó posicionando al país como una potencia exportadora de contenidos, talento y propiedad intelectual.
Francia hizo exactamente lo mismo desde otra perspectiva. Transformó su patrimonio histórico, su gastronomía, sus museos, su moda y su riqueza artística en un ecosistema económico que atrae millones de visitantes cada año y genera miles de empleos directos e indirectos.
Colombia también ofrece una referencia extraordinaria. Apostó por fortalecer sus industrias culturales, la música, la literatura, el turismo de experiencias y la economía creativa como herramientas para transformar regiones completas, fortalecer su imagen internacional y generar nuevas oportunidades de inversión.
Ninguno de estos países dejó de proteger su patrimonio por hacerlo rentable. Al contrario. Descubrieron que aquello que produce valor económico también encuentra mayores incentivos para preservarse.
Esa lógica puede aplicarse perfectamente al Estado de México.
Tenemos pueblos con una identidad extraordinaria, gastronomía reconocida, artesanos que conservan técnicas ancestrales, zonas arqueológicas, espacios naturales, festividades, centros históricos, artistas, creadores y una ubicación geográfica privilegiada que conecta con el mercado más importante del país.
La pregunta ya no debería ser únicamente cómo proteger todos esos activos.
La pregunta tendría que ser cómo convertirlos también en motores permanentes de desarrollo económico.
Desde la perspectiva empresarial, la respuesta pasa por construir un modelo donde la iniciativa privada deje de verse únicamente como patrocinadora de actividades culturales y sea considerada una aliada estratégica para detonar inversión, profesionalización, innovación y crecimiento.
Eso implica facilitar la colaboración entre gobierno y empresas, generar incentivos para nuevos proyectos, atraer inversión nacional e internacional, fortalecer las industrias creativas y medir los resultados con indicadores objetivos.
Porque una política cultural moderna también debería preguntarse cuántos empleos genera.
Cuánto incrementa la permanencia promedio del turista.
Cuánto aumenta el gasto por visitante.
Cuántas empresas creativas nacen.
Cuánto crece la derrama económica.
Cuánto aporta la economía cultural al producto interno bruto estatal.
Cuando comenzamos a medir la cultura también con indicadores económicos, dejamos de verla como un gasto para entenderla como una inversión.
Otro de los temas que considero especialmente importante es la necesidad de construir políticas que trasciendan los ciclos administrativos.
Los grandes proyectos culturales del mundo no se consolidaron en tres o seis años.
Se consolidaron porque existió continuidad. Porque hubo objetivos medibles y participaron universidades, empresarios, artistas, comunidades y gobiernos de distintos niveles y comprendieron que el desarrollo cultural requiere visión de Estado y no únicamente visión de administración.
Por eso celebro que este ejercicio haya reunido voces provenientes de distintos sectores.
Cuando gobierno y empresariado conversan desde el respeto y el interés genuino de construir, las posibilidades de generar mejores soluciones aumentan considerablemente.
Nadie conoce por sí solo todas las respuestas.
La riqueza aparece precisamente cuando distintas experiencias se sientan alrededor de la misma mesa.
También me parece acertado que la conversación haya puesto sobre la mesa la enorme riqueza turística y cultural del Estado de México.
Porque antes de construir una gran estrategia es indispensable identificar con precisión cuáles son los activos culturales que realmente diferencian al estado, cuáles tienen potencial de crecimiento, cuáles pueden atraer turismo de mayor valor agregado y cuáles pueden convertirse en parte de una marca territorial sólida y competitiva.
Hoy los estados ya no compiten únicamente por atraer inversión industrial.
Compiten por atraer talento, por atraer visitantes, eventos internacionales, economía creativa, por construir una reputación capaz de abrir nuevas oportunidades.
En ese escenario, la cultura deja de ser un tema accesorio para convertirse en una ventaja competitiva.
Por eso quiero reconocer la iniciativa de Nelly Carrasco y de Fátima Olivares por abrir este espacio de diálogo.
Escuchar al empresariado no significa renunciar a la responsabilidad del gobierno. Significa enriquecerla y reconocer que el desarrollo económico de un estado se construye mejor cuando participan quienes generan empleo, quienes invierten, quienes crean, quienes producen y quienes conocen las necesidades del mercado.
Ojalá este diálogo sea el primero de muchos.
Porque el Estado de México tiene todo para convertirse en un referente nacional de economía cultural si logra articular su patrimonio, su talento, su infraestructura turística y su capacidad empresarial bajo una visión común.
La cultura seguirá siendo identidad.ñ, seguirá siendo memoria y siendo orgullo.
Pero también puede convertirse en inversión, innovación, empleo, turismo, exportación y crecimiento.
Y cuando una ley logra entender ambas dimensiones, deja de ser únicamente un instrumento jurídico para convertirse en una verdadera estrategia de desarrollo económico. Esa, me parece, es la gran oportunidad que hoy comienza a construirse para el Estado de México.
Just saying…
