Hoy no voy a opinar de política, quiero hablar de ciclismo. Cuando pienso en ciclismo, pienso en amor, en compañerismo, en esfuerzo, en constancia, en disciplina, en dolor y en alegría. Y cuando uno ve a Isaac del Toro conquistar el Tour de Austria 2025 con apenas 21 años, lo que ve no es solo una victoria individual, sino el ascenso de una generación que parecía improbable en un país donde el ciclismo ha sido históricamente una pasión minoritaria, pero profundamente sentida
Isaac ha hecho historia. Ganar tres de cinco etapas, dominar en la montaña, llevarse el maillot de líder general, el de mejor joven y el de puntos no es casualidad. Es consecuencia de un talento que vimos brillar en el Giro de Italia, donde subió al podio y nos hizo soñar con un México competitivo en las grandes vueltas. En Austria no solo confirmó su clase, sino que envió un mensaje claro: el ciclismo mexicano tiene presente, no solo pasado.
Para quienes llevamos tiempo sobre la bicicleta —yo mismo empecé ya maduro, con una Mercurio de montaña que rescaté gracias a mi primo Christian—, ver a Isaac romper las barreras históricas que han frenado a nuestros ciclistas es profundamente inspirador. Después de esa bici vino una Alubike, y más tarde descubrí la ruta. Me enamoré. Cada rodada me enseñó algo: que la constancia vence al cansancio, que no hay cima sin sufrimiento, y que siempre hay amigos que se vuelven hermanos sobre dos ruedas. Por eso, el triunfo de Isaac lo siento como propio.
La historia del ciclismo mexicano de ruta se puede contar en nombres contados. Raúl Alcalá, “El Duende”, fue pionero. El primero en disputar el Tour de Francia con los grandes del pelotón. Su estilo audaz y su tenacidad le ganaron el respeto internacional. Luego vino Julio Alberto Pérez Cuapio, un escalador fino que dejó huella en el Giro de Italia con tres etapas ganadas y el maillot de la montaña en 2002. Ellos nos mostraron que un mexicano podía estar a la altura del reto europeo.
Pero entre Cuapio y Del Toro hay un largo silencio. Décadas de talento sin estructura, de jóvenes sin apoyo, de sueños postergados. Isaac rompe ese silencio. Su presencia en el UAE Team Emirates, su inteligencia táctica, su potencia en la montaña y su serenidad al pedalear hablan de alguien preparado no solo para competir, sino para marcar época.
El ciclismo cambió mi vida. No solo por la salud o los paisajes que descubrí en cada salida, sino porque me enseñó a ser mejor persona. Me mostró que hay que aprender a sufrir, a tolerar el fracaso, a levantarse tras una caída. Por eso, ver a Isaac del Toro llegar a lo más alto en Austria, después de una carrera exigente de 17 horas y 51 minutos, no es solo una alegría deportiva. Es una esperanza.
Es ver que sí se puede. Que un joven de Ensenada puede pararse en lo más alto del podio europeo. Que el esfuerzo que tantos ciclistas anónimos hacemos día a día, en nuestras rutas locales o con nuestros grupos de amigos, tiene eco allá afuera. Que nuestras rodadas bajo el sol, el viento o la lluvia tienen un reflejo en alguien que, como nosotros, alguna vez montó una bicicleta con la ilusión de llegar más lejos.
Pero para que Isaac no sea una excepción, el ciclismo en México debe cambiar. Hoy sigue siendo un deporte caro, inaccesible para muchos. Las bicis, la ropa, los cascos, las inscripciones, los traslados… todo suma. Es necesario que instituciones, marcas y gobiernos lo comprendan y apuesten por su masificación. No para crear campeones de la noche a la mañana, sino para sembrar la semilla de una cultura ciclista que transforme vidas como transformó la mía.
No se trata solo de tener más Isaac del Toro. Se trata de tener más niños y jóvenes que sueñen con serlo. Más adultos que encuentren en el ciclismo una forma de cuidar su salud, de convivir, de conocer su ciudad o sus montañas. Más espacios seguros para rodar. Más clubes, más competencias locales, más bicicletas en las calles.
Porque cada kilómetro que se recorre sobre una bici es una lección. Y cuando uno ve a Isaac ganar una etapa, portar un maillot, sonreír desde lo alto del podio, sabe que está viendo a alguien que ha aprendido esas lecciones y las ha convertido en historia.
El triunfo en el Tour de Austria no es solo una hazaña deportiva. Es un símbolo. Y, más que eso, un motor para el renacer del ciclismo mexicano. Isaac del Toro no solo representa al país en el extranjero; representa a cada uno de nosotros que alguna vez pedaleamos con más corazón que piernas. Representa al México que se esfuerza, que compite, que sueña y que no se rinde.
Hoy, mientras recordamos a los grandes como Alcalá y Cuapio, celebramos a Isaac como el puente entre el pasado glorioso y el futuro prometedor. Y mientras tanto, yo seguiré pedaleando en mi bici, recordando que todo comenzó con una Mercurio prestada… y soñando con un país donde todos tengan la oportunidad de encontrar en el ciclismo la pasión que a mí —y ahora a Isaac— nos cambió la vida.
