Gritar gol no debería costar vidas

Filiberto Cruz Monroy
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Hay una costumbre muy mexicana que merece aplausos: salir a las calles cuando la Selección gana. Hay otra que merece una profunda revisión: creer que, porque el marcador favoreció al Tri, también se suspendieron las reglas de convivencia, el sentido común y la responsabilidad.
Celebrar un triunfo deportivo es una expresión legítima de alegría colectiva. Lo preocupante es cuando la euforia se transforma en un permiso imaginario para bloquear calles, rodear vehículos, consumir alcohol sin control, desafiar a la autoridad o convertir una avenida en una improvisada cancha de fútbol donde los únicos que no pidieron jugar fueron los automovilistas.

Lo ocurrido en Los Cabos no fue una simple celebración que salió mal. Fue una cadena de decisiones equivocadas. Personas interceptando vehículos porque sí. Conductores atrapados sin rutas de escape. Una multitud que confundió el festejo con el derecho de apropiarse del espacio público. Un conductor que aceleró. Personas heridas. Después, una golpiza que demuestra que, cuando desaparece la razón, también desaparecen los límites.

Y aquí aparece esa incómoda pregunta que nadie quiere responder: ¿en qué momento normalizamos que celebrar un gol implique poner en riesgo la vida de los demás?
Quizá el problema comienza cuando pensamos que la responsabilidad siempre es del otro. El ciudadano culpa a la autoridad. La autoridad culpa a la multitud. La multitud culpa al conductor. El conductor culpa a quienes bloqueaban el paso. Al final, todos encuentran un culpable… excepto el espejo.

Porque sí, las autoridades tienen obligaciones muy claras. Si año tras año saben que cada victoria de la Selección provoca concentraciones masivas, entonces los operativos no pueden improvisarse. No basta con patrullas recorriendo la zona o cámaras grabando lo que ya ocurrió. Hace falta planeación real.

Cerrar calles previamente, establecer rutas alternas, impedir el ingreso de vehículos a zonas de alta concentración, reforzar la presencia policial, coordinar servicios médicos, regular la venta de alcohol y mantener información permanente para la población deberían dejar de verse como medidas extraordinarias. Si sabemos que el partido termina a cierta hora y que miles de personas acudirán al mismo punto, el factor sorpresa desaparece.

Pero tampoco todo puede recaer sobre los gobiernos.

Los ciudadanos también tenemos una extraña habilidad para convertir cualquier celebración en una competencia por ver quién toma la peor decisión. Saltar sobre los cofres de los autos, golpear vehículos, impedir el paso, lanzar objetos o provocar a conductores no tiene absolutamente nada que ver con apoyar a la Selección.

Es curioso. Nos indignamos cuando un conductor pierde el control, pero pocas veces reflexionamos sobre lo que significa mantener a una familia atrapada durante varios minutos dentro de un automóvil rodeado por cientos de personas. El miedo también existe del otro lado del parabrisas.

Y luego vienen las redes sociales, ese tribunal donde todos son jueces, fiscales y expertos en seguridad pública cinco minutos después de ver un video de quince segundos. Ahí abundan las condenas inmediatas, pero escasean las reflexiones sobre cómo evitar que vuelva a suceder.

El fútbol tiene una capacidad única para unir a millones de personas. Lo hace con goles, emociones y esperanza. Sería una enorme contradicción que esos mismos momentos terminaran convirtiéndose en escenarios de violencia.

Celebrar no significa perder la cabeza. La pasión deportiva jamás debería ser excusa para bloquear calles, intimidar personas o poner vidas en riesgo.

Quizá el mejor festejo sería demostrar que México también puede ganar fuera de la cancha.

Que podemos cantar, brincar, abrazarnos y tocar el claxon sin convertir una avenida en un campo de batalla.

Porque un marcador cambia en noventa minutos. Una lesión grave puede cambiar una vida para siempre. Y ningún campeonato merece semejante precio.

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