Feminismo con WiFi Caído: cuando la indignación reemplaza al pensamiento

Ana Karina Fernández
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Hay causas que nacen para liberar y terminan funcionando como una nueva forma de censura. El feminismo, una de las luchas más importantes, necesarias y transformadoras de la historia moderna, no ha escapado a ese fenómeno. Porque sí querido lector, una cosa es defender derechos y otra muy distinta convertir la contradicción permanente en una religión.

En algún punto del camino, ciertos sectores decidieron que pensar era menos importante que reaccionar, vamos, que argumentar era menos efectivo que cancelar y construir era mucho más aburrido que incendiar. Y así, una parte del discurso feminista contemporáneo comenzó a parecerse menos a un movimiento de emancipación y más a una competencia olímpica de indignación profesional con funas integradas. Y así todo empezó a oler a “maldito patriarcado”.

La paradoja es fascinante! Me explico: muchas de las mujeres que hoy disfrutan de libertades conquistadas por generaciones anteriores parecen empeñadas en sabotear precisamente aquello que les permitió llegar hasta aquí: la libertad de expresión, el debate abierto y la capacidad de convivir con opiniones distintas, porque resulta que para algunas activistas radicalizadas ya no basta con que una mujer tenga derechos. Ahora también debe pensar exactamente como ellas, ah y si discrepas: eres traidora.

Si cuestionas, eres opresora.

Si haces una pregunta incómoda, eres enemiga.

Si pides evidencia, eres sospechosa.

Y si te atreves a señalar inconsistencias, automáticamente eres culpable de algún crimen ideológico inventado durante la madrugada en una asamblea virtual.

Lo curioso es que muchas de estas posturas nacen de una contradicción monumental. Se presentan como defensoras de la diversidad mientras persiguen la uniformidad y así hablan de inclusión mientras excluyen y predican tolerancia mientras ejercen una intolerancia feroz hacia cualquier punto de vista diferente.

La rebeldía dejó de ser una herramienta para desafiar estructuras injustas y se convirtió en un reflejo condicionado. Hay quien ya no sabe contra qué está luchando, pero está convencida de que debe luchar contra algo. Lo que sea. Como sea. Aunque no tenga sentido. Aunque el argumento haga agua por todos lados y la realidad contradiga la narrativa.

La prioridad parece ser llevar la contra. Y cuando la contradicción se vuelve un objetivo en sí mismo, el pensamiento crítico desaparece.

Hemos llegado al absurdo de ver debates donde se condena una conducta por machista un lunes y se celebra exactamente la misma conducta el jueves porque el contexto político cambió. No importa la coherencia. Importa la tribu.

La lógica es reemplazada por consignas y la evidencia es sustituida por emociones.

La complejidad se simplifica hasta niveles infantiles. Ridículos! Y cualquier matiz es tratado como una amenaza.

El problema de los extremos nunca ha sido únicamente el ruido que producen. El verdadero problema es la sombra que proyectan.

Porque mientras las voces más estridentes monopolizan titulares y redes sociales, quedan invisibilizadas miles de mujeres brillantes que sí entienden la esencia de la lucha por los derechos. No te jode?

Mujeres que defienden la igualdad sin necesidad de odiar, que entienden que la libertad incluye escuchar aquello que no nos gusta. Mujeres capaces de debatir sin convertir cada desacuerdo en una guerra santa y que comprenden que la fortaleza intelectual consiste precisamente en tolerar la existencia de opiniones contrarias. Gracias al universo esas mujeres existen. Existimos!

Probablemente somos mayoría. Pero tenemos un problema enorme: hacemos menos ruido. Y vivimos en una época donde el algoritmo premia el escándalo y castiga la sensatez.

Una declaración razonable rara vez se vuelve viral.

Un berrinche colectivo tiene muchas más posibilidades.

Por eso la conversación pública parece dominada por posturas delirantes. No necesariamente porque sean más numerosas, sino porque son más escandalosas. Ya sabes querido lector : hábitos de consumo!

La consecuencia es devastadora para la propia causa. Cada vez que una postura radical convierte un debate complejo en una caricatura, se pierden aliados potenciales.

Cada vez que una activista decide cancelar antes que dialogar, destruye puentes.

Cada vez que alguien intenta imponer una visión única del mundo, fortalece precisamente aquello que dice combatir. “Mujeres necias que acusáis al hombre sin razón… “ o cómo era ?

La historia está llena de movimientos legítimos que terminaron dañándose a sí mismos por culpa de sus sectores más fanáticos.

Cuando una causa deja de perseguir la justicia para perseguir la pureza ideológica, comienza su decadencia.

Porque ninguna sociedad democrática puede sobrevivir si el desacuerdo es considerado violencia.

Ningún avance social duradero puede construirse sobre la censura.

Y obvio, ninguna lucha por los derechos puede prosperar si termina atacando el derecho fundamental de las personas a pensar distinto.

Defender la libertad implica aceptar que otros usarán esa libertad para decir cosas que no compartimos.

Eso no es una falla del sistema, es precisamente el sistema funcionando!!

Las mujeres no necesitan guardianas ideológicas en comités de pensamiento correcto, ni necesitan policías de opiniones patrullando conversaciones.

Necesitan oportunidades, seguridad, justicia, instituciones que funcionen, igualdad ante la ley. Y necesitan conservar intacta la libertad de expresar ideas sin miedo a ser linchadas públicamente por una multitud digital sedienta de enemigos imaginarios.

Quizá sea momento de recordar una verdad gacha e incomoda. No toda crítica es violencia ni todo desacuerdo es misoginia.

No toda diferencia de opinión constituye una agresión. Y no toda persona que cuestiona una narrativa se convierte automáticamente en adversaria de una causa.

La madurez intelectual consiste en entender esa diferencia. La madurez política también. Y la madurez de cualquier movimiento social debería medirse por su capacidad para soportar preguntas incómodas sin entrar en crisis nerviosas colectivas… tan reactivas e incendiarias!

Porque cuando una causa necesita silenciar voces para sobrevivir, probablemente el problema ya no está en quienes preguntan sino en quienes tienen miedo de responder.

Just saying …

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