El Mundial sin alegría: el espejo de un México que dejó de celebrar.

Alejandro Lotzin
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México vuelve a hacer historia. Por tercera vez, nuestro país es sede de una Copa del Mundo. En cualquier otra época, una noticia así habría sido suficiente para paralizar conversaciones, llenar plazas públicas, pintar las calles de verde, blanco y rojo y provocar una emoción colectiva capaz de unir a millones de mexicanos más allá de sus diferencias.

Pero algo parece haber cambiado.

A unos días de la inauguración del Mundial 2026, el ambiente que se respira en México dista mucho de aquel que acompañó las ediciones de 1970 y 1986. En lugar de la expectativa propia de una fiesta nacional, predominan las preocupaciones cotidianas, el enojo social y la incertidumbre. En lugar de conversaciones sobre fútbol, abundan las discusiones sobre bloqueos, marchas, protestas, inseguridad y problemas públicos que siguen sin resolverse.

Es una imagen que resulta tan extraña como reveladora para un país que históricamente ha encontrado en el fútbol una de sus expresiones más profundas de identidad colectiva.

Quienes vivieron los mundiales de 1970 y 1986 recuerdan algo más que partidos memorables. Recuerdan un país ilusionado. Recuerdan familias enteras reunidas frente a un televisor, calles adornadas, plazas llenas de aficionados y una sensación compartida de orgullo nacional. Incluso en contextos difíciles, México parecía capaz de encontrar en el Mundial una razón para celebrar y sentirse parte de algo grande.

La edición de 1986 es quizás el mejor ejemplo. Apenas unos meses después del devastador terremoto que sacudió a la Ciudad de México, el país encontró en la Copa del Mundo una oportunidad para demostrar resiliencia, unidad y esperanza. El Mundial fue una ventana para mostrarle al mundo un México fuerte, optimista y decidido a salir adelante.

Cuarenta años después, el contraste es inevitable.

El Mundial llega en medio de manifestaciones de diversos sectores sociales, reclamos laborales, protestas magisteriales, bloqueos carreteros y una creciente percepción de inconformidad ciudadana. Las imágenes previas a la inauguración muestran a un país más preocupado por sus conflictos internos que emocionado por recibir el evento deportivo más importante del planeta.

Las tres sedes mexicanas —Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey— llegan a la cita mundialista con proyectos terminados a contrarreloj, obras reducidas respecto a las promesas iniciales y una sensación permanente de improvisación. Lo que durante años fue presentado como una oportunidad histórica para transformar la infraestructura urbana terminó convirtiéndose, en muchos casos, en una carrera desesperada por cumplir con los compromisos mínimos.

A ello se suma una preocupación que no desaparece del debate público: la seguridad. Mientras millones de visitantes internacionales llegan al país, los mexicanos siguen enfrentando una realidad marcada por la violencia, la inseguridad y la incertidumbre. La gran pregunta no es solamente si el Mundial será un éxito organizativo, sino si México puede garantizar que la experiencia de visitantes y ciudadanos esté a la altura de la imagen que desea proyectar al mundo.

Sin embargo, el verdadero tema de fondo no son los estadios, ni las obras, ni siquiera el fútbol.

El verdadero tema es el estado de ánimo de México.

Porque los grandes eventos internacionales funcionan como espejos. Reflejan la confianza de una sociedad en sí misma. Reflejan la relación entre gobernantes y gobernados. Reflejan la esperanza o el desencanto con respecto al futuro.

Y el reflejo que devuelve este Mundial es inquietante.

México parece haber perdido la capacidad de entusiasmarse.

Durante años, el fútbol fue uno de los pocos espacios capaces de unir a un país profundamente diverso. Durante noventa minutos desaparecían diferencias ideológicas, económicas y sociales. La Selección Nacional era un símbolo compartido. El Mundial era una pausa en los conflictos cotidianos.

Hoy esa sensación parece haberse diluido.

Después de años de polarización política, confrontación pública, inseguridad persistente y expectativas incumplidas para amplios sectores de la población, el ánimo colectivo luce desgastado. Existe una sensación de cansancio social que ni siquiera la llegada de una Copa del Mundo parece capaz de revertir.

En ese contexto aparece un hecho cargado de simbolismo político.

La presidenta Claudia Sheinbaum anunció que no asistirá a la ceremonia inaugural del Mundial y que tampoco tiene previsto acudir a los encuentros que se disputen en territorio mexicano. La explicación oficial es perfectamente válida y forma parte de una decisión personal. Sin embargo, en política los símbolos tienen un peso propio.

Históricamente, los jefes de Estado suelen aprovechar este tipo de acontecimientos para acompañar a sus países en momentos de gran exposición internacional. La inauguración de una Copa del Mundo representa una oportunidad para proyectar liderazgo, orgullo nacional y cercanía con la ciudadanía.

Por ello, la ausencia presidencial inevitablemente abre espacio para la reflexión.

¿Es simplemente una decisión personal que rompe con las tradiciones políticas del pasado? ¿Es una nueva forma de ejercer el poder? ¿O refleja la conciencia de que el ambiente social que rodea este Mundial está lejos de ser una celebración unánime?

Nadie puede responderlo con certeza. Pero la pregunta existe porque el contexto existe.

Cuando un país se encuentra plenamente reconciliado consigo mismo, los líderes suelen buscar los espacios de encuentro con la ciudadanía. Cuando una sociedad atraviesa momentos de tensión, cualquier ausencia adquiere significados que van más allá de la explicación oficial.

Y es precisamente ahí donde el Mundial de 2026 se convierte en una metáfora política.

Morena llegó al poder prometiendo una transformación histórica. Millones de mexicanos respaldaron ese proyecto con la esperanza de construir un país más seguro, más próspero, más eficiente y más unido. Después de varios años gobernando la Presidencia de la República, la mayoría de los estados y una buena parte de los municipios del país, resulta inevitable evaluar los resultados no solo a través de indicadores, sino también a través del ánimo social.

Y el ánimo social importa.

Porque los gobiernos pueden presumir cifras, programas y obras. Pero cuando una sociedad pierde la capacidad de emocionarse incluso frente a uno de los acontecimientos más importantes de su historia reciente, existe un mensaje que merece ser escuchado.

Quizá la principal lección de este Mundial sea precisamente esa.

México volverá a aparecer ante los ojos del mundo. Los estadios estarán llenos. Las transmisiones internacionales mostrarán imágenes espectaculares. Habrá ceremonias memorables, goles inolvidables y millones de espectadores conectados desde todos los continentes.

Pero detrás de las luces y del espectáculo permanecerá una pregunta mucho más profunda.

¿Cómo es posible que un país tan futbolero, tan apasionado y tan orgulloso de organizar mundiales, llegue a esta cita histórica con más preocupación que entusiasmo?

¿En qué momento México dejó de vivir el Mundial como una fiesta nacional y comenzó a verlo como una distracción temporal frente a problemas que parecen no tener solución?

La respuesta no está en la FIFA, ni en los estadios, ni en la Selección Mexicana.

La respuesta está en el México que hemos construido durante los últimos años.

Tal vez porque el verdadero partido que preocupa a millones de mexicanos no se juega en la cancha.

Se juega todos los días en las calles, en la economía familiar, en la seguridad de las ciudades, en la calidad de los servicios públicos, en la confianza hacia las instituciones y en la esperanza de un futuro mejor.

Y ese, quizá, es el verdadero partido que el país tiene pendiente por jugar.

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