El estreno del documental Marcial Maciel: El lobo de Dios ha vuelto a abrir una herida que nunca terminó de cerrar. La figura del fundador de los Legionarios de Cristo sigue proyectando una sombra ominosa sobre la Iglesia católica y, en particular, sobre la congregación que levantó como un emporio religioso y educativo. A quince años de su muerte, el legado de Marcial Maciel no es la obra apostólica que sus seguidores intentan rescatar, sino el testimonio desgarrador de decenas de víctimas que fueron sometidas a abusos sistemáticos bajo el amparo del poder eclesial y del silencio institucional.
En su comunicado tras la difusión del documental, los Legionarios de Cristo reiteraron su “solidaridad con las víctimas” y recordaron que desde 2010 han reconocido la verdad de las acusaciones contra su fundador. Sin embargo, el énfasis de su posicionamiento no estuvo en el dolor de los sobrevivientes ni en el profundo impacto social de las revelaciones, sino en reprochar que la serie utilizara imágenes de menores, sacerdotes y exconsagradas sin el consentimiento de la congregación. La defensa del derecho de imagen se colocó, una vez más, por encima de la defensa de la dignidad de quienes fueron agredidos.
Este contraste resulta revelador. Mientras el documental pone en pantalla la crudeza de los abusos, la institución se concentra en señalar formalismos editoriales y reservas legales. Esa actitud confirma que aún dentro de la congregación existe un miedo a enfrentar de lleno la magnitud de la tragedia. La insistencia en aclarar que su participación en la producción no implicó “co-producción ni colaboración editorial” parece más un intento de deslindarse que una muestra de transparencia. La sombra de la complicidad todavía ronda, porque durante décadas el silencio, la obediencia ciega y el encubrimiento fueron los cimientos sobre los que Maciel construyó su imperio espiritual.
El documental no solo expone los crímenes de un depredador con sotana, también obliga a mirar la estructura que lo sostuvo. Desde los años cuarenta, voces aisladas denunciaron comportamientos abusivos de Maciel. Sin embargo, las advertencias fueron acalladas o relativizadas. Fue necesario esperar hasta finales de los noventa y principios de los dos mil para que el Vaticano, bajo la presión de víctimas y periodistas, reconociera lo que durante medio siglo se había intentado ocultar: que el fundador de una de las congregaciones más influyentes de la Iglesia era, en realidad, un pederasta en serie.
En 2019, los propios Legionarios reconocieron que al menos 60 menores fueron víctimas de Maciel. Sesenta historias de vida marcadas para siempre. Y, pese a ello, todavía hoy hay quienes dentro de la congregación prefieren hablar de “proceso de renovación” antes que asumir en toda su crudeza lo que significa ser herederos de un legado de terror. Retirar fotos de Maciel de las oficinas, pedir disculpas formales o emprender reformas internas son pasos necesarios, pero insuficientes cuando se percibe que lo que más preocupa es la reputación de la institución y no el acompañamiento real y duradero de las víctimas.
La indignación que provoca el comunicado de los Legionarios frente al documental radica en esa disonancia moral: no es la denuncia lo que les incomoda, sino la manera en que fueron representados en pantalla. No es el grito de las víctimas lo que ocupa el centro de la reflexión, sino la falta de autorización para usar ciertas imágenes. Ese orden de prioridades revela hasta qué punto el peso del prestigio y la imagen corporativa sigue siendo más importante que la justicia y la reparación.
El caso de Marcial Maciel es una de las páginas más oscuras en la historia de la Iglesia contemporánea. No basta con reconocerlo como un “capítulo doloroso”; es indispensable evitar que se repita. El documental El lobo de Dios incomoda porque recuerda que todavía hay demasiados espacios donde los abusos se encubren bajo la obediencia religiosa, y porque obliga a los Legionarios de Cristo a confrontar un pasado que muchos de sus miembros aún preferirían borrar.
Las víctimas, en cambio, no tienen ese privilegio. Ellas viven con las cicatrices. Ellas cargan con la memoria del abuso. Para ellas, lo verdaderamente importante no es si la congregación dio o no su consentimiento para usar imágenes, sino que su sufrimiento sea reconocido sin matices, que haya reparación real y que se garantice que ningún otro niño vuelva a pasar por lo que ellas pasaron. Esa debería ser, y no otra, la prioridad absoluta.
La Iglesia católica y los Legionarios de Cristo tienen frente a sí una disyuntiva histórica: seguir protegiendo su imagen o apostar de verdad por la verdad y la justicia. El documental no inventa nada; solo devuelve a la luz lo que por demasiado tiempo se ocultó. Y mientras las respuestas institucionales sigan siendo más defensivas que empáticas, el fantasma de Maciel seguirá recordándonos que la complicidad y el silencio también son formas de abuso.
X: @filibertocruz
