El horror de nuevo. Los aviones de la guerra que surcan el cielo. Las bombas que matan a miles sin distinguir si son niñas, niños, abuelas y abuelos. Otra vez Israel repitiendo la masacre, ese pueblo judío que solo se levantó de un genocidio para protagonizar los suyos propios. Estados Unidos nuevamente se llena las manos de sangre. La barbarie donde solo los ricos ganan. Ellos siempre ganan.
La historia parece avanzar en círculos violentos. Los ataques conjuntos de Israel y Estados Unidos contra Irán han abierto un nuevo capítulo de confrontación global cuyo costo humano ya es medible en cifras que estremecen: al menos 201 muertos y 747 heridos reportados por organismos de emergencia iraníes, con impactos registrados en 24 de las 31 provincias del país. Entre las víctimas se encuentran civiles, funcionarios y decenas de menores que murieron cuando un bombardeo alcanzó una escuela primaria para niñas en el sur del país. Las cifras no son abstractas; son la dimensión concreta de una guerra que vuelve a colocar a la población civil en el centro del daño.
Los gobiernos que ordenaron la ofensiva sostienen que el objetivo era eliminar amenazas estratégicas y debilitar al régimen iraní. Sin embargo, la devastación muestra una realidad distinta: ciudades enteras bajo alerta, familias desplazadas y sistemas de emergencia colapsados ante la magnitud de los ataques. Cuando los misiles caen sobre zonas urbanas, la diferencia entre objetivo militar y vida cotidiana desaparece. La guerra moderna insiste en hablar de precisión quirúrgica mientras los balances oficiales enumeran cadáveres.
Pero la tragedia no puede narrarse ignorando la naturaleza del régimen iraní. Durante décadas, el poder de los ayatolás ha sido señalado por represión interna, persecución política y uso sistemático de la fuerza contra su propia población. Manifestaciones reprimidas, miles de detenidos y un aparato estatal que limita libertades fundamentales forman parte del contexto que explica el aislamiento internacional del país. Reconocer estas atrocidades no legitima, sin embargo, la intervención militar extranjera. La violación de derechos humanos dentro de una nación no convierte automáticamente a potencias externas en árbitros morales del mundo.
La pregunta inevitable surge entre las explosiones y los discursos oficiales: ¿quién decide cuándo una guerra es necesaria? Estados Unidos y Israel justifican la ofensiva como una acción preventiva, mientras Irán responde con ataques y amenazas que amplían el riesgo regional. El resultado inmediato es una espiral donde cada represalia alimenta la siguiente, elevando la posibilidad de un conflicto prolongado en una región clave para el suministro energético mundial y la estabilidad internacional.
Las consecuencias económicas ya se anticipan. El estrecho de Ormuz —por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo global— se convierte nuevamente en un punto crítico, recordando que cada guerra en Medio Oriente tiene repercusiones que alcanzan mercados, precios y economías domésticas a miles de kilómetros. La guerra nunca es solo militar; también es financiera y geopolítica.
En este escenario, también emergen interrogantes políticas incómodas. Donald Trump enfrenta cuestionamientos internos y niveles de aprobación debilitados en su país, mientras Benjamin Netanyahu continúa bajo presión por acusaciones de corrupción que amenazan su permanencia en el poder. La historia contemporánea muestra múltiples ejemplos donde los conflictos externos coinciden con crisis políticas internas. No es una afirmación definitiva, pero sí una duda legítima: ¿hasta qué punto la guerra funciona como herramienta para reorganizar el apoyo político y desplazar la atención pública?
La narrativa oficial suele presentar estas operaciones como luchas entre el bien y el mal. Sin embargo, la realidad es más compleja y menos heroica. Ninguna potencia posee autoridad moral absoluta cuando las bombas matan civiles. Ningún régimen autoritario queda absuelto por ser atacado. Y ninguna guerra puede justificarse plenamente cuando quienes pagan el precio son personas que nunca participaron en las decisiones estratégicas.
La violencia estatal —venga de Teherán, Washington o Tel Aviv— termina reproduciendo la misma lógica: seguridad construida sobre destrucción. Las imágenes de hospitales saturados, ciudades en ruinas y familias huyendo recuerdan que el poder militar no resuelve conflictos históricos, solo los posterga mientras multiplica el resentimiento.
Tal vez la pregunta más incómoda sea también la más sencilla: si todos dicen luchar por la seguridad y la paz, ¿por qué el resultado constante es más muerte, más miedo y más guerra? Porque, como tantas veces en la historia, quienes deciden los bombardeos rara vez son quienes escuchan caer las bombas.
X: @filibertocruz
