Cuando el Super Bowl dejó de ser solo estadounidense

Filiberto Cruz Monroy
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Bad Bunny logró convertir el evento más estadounidense de todos en una declaración profundamente latina. Sin consignas explícitas ni discursos incendiarios, con ritmo, cuerpo y música, transformó el escenario del Super Bowl en un espacio simbólico donde la identidad latinoamericana ocupó el centro.

No hubo gritos ni reclamos directos: bastó la mención precisa de los países de América —incluida Canadá— para trazar una idea poderosa de pertenencia. Una América más amplia, más real, distinta a la que durante más de 200 años Estados Unidos ha intentado apropiarse como concepto exclusivo, pero que hoy se disuelve para volver a ser lo que fue, lo que es y lo que será.

“Qué rico es ser latino” fue la frase con la que abrió el espectáculo, y funcionó como manifiesto.

No hizo falta añadir nada más. En esa afirmación se condensó un orgullo históricamente cuestionado, perseguido o minimizado, pero que esa noche se mostró sin pedir permiso.

Por primera vez en la historia del Super Bowl, un artista que canta en español se convirtió en el centro absoluto de la atención global. Benito Martínez no necesitó pronunciar “fuera ICE” ni lanzar consignas políticas explícitas. El mensaje estaba en el ambiente: en la música, en los bailarines, en la energía del escenario.

Todo el show desbordaba el reclamo silencioso de millones de personas: mexicanos, haitianos, ecuatorianos, colombianos, salvadoreños, cubanos, guatemaltecos, así como migrantes africanos y asiáticos que comparten una experiencia común de desplazamiento, resistencia y pertenencia fragmentada.

En el contexto actual, donde casi todo se lee en clave política, incluso la decisión de presentarse en el Super Bowl con un espectáculo casi completamente en español adquiere un peso específico. Hablar español en Estados Unidos puede significar sospecha, rechazo o vigilancia.

Puede atraer la atención de ICE o el odio de quienes consideran que el inglés es la única lengua legítima del espacio público. Parte de la polémica previa al evento giró precisamente en torno a eso: a que muchos estadounidenses no hablan ni entienden español, y no comprendían por qué un artista latino encabezaba el espectáculo más visto del país. Justamente ahí radica el gesto de resistencia: demostrar que el arte y la música no necesitan traducción para conectar.

Bad Bunny también cargó con orgullo la bandera de Puerto Rico, un “territorio” de la Unión donde sus ciudadanos siguen siendo tratados como de segunda categoría y no tienen derecho a votar por el presidente de Estados Unidos.

El número 64 en su jersey no fue una elección estética: remite a la cifra oficial inicial de muertes reportadas tras el huracán María en 2017, un símbolo del abandono institucional y del desprecio político hacia la isla.

La respuesta tardó años, pero llegó. Esta actuación dialogó directamente con la imagen que dejó Donald Trump al lanzar rollos de papel higiénico a los damnificados tras la devastación del huracán. Sin mencionar su nombre, Benito construyó una revancha simbólica desde el escenario más poderoso del espectáculo estadounidense.

La interpretación de Lo que le pasó a Hawaii junto a Ricky Martin reforzó esa carga política. Es una de las canciones más explícitas de su repertorio reciente, donde denuncia el desplazamiento de comunidades locales en nombre del capital, el intento de borrar culturas y la necesidad de preservar la memoria para no repetir la historia:

*Quieren quitarme el río y también la playa
Quieren al barrio mío y que abuelita se vaya
No, no suelte’ la bandera ni olvide’ el lelolai
Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái”.

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