¿Crimen político en CDMX? El mensaje detrás de los asesinatos

Filiberto Cruz Monroy
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¿Qué clase de poder criminal se atreve a matar a plena luz del día, en la capital del país, a dos funcionarios cercanos a la jefa de Gobierno electa? ¿Fue un mensaje para Clara Brugada? ¿Un ajuste de cuentas? ¿O acaso estamos presenciando el inicio de una ofensiva contra la nueva administración de la Ciudad de México?

El asesinato de Ximena Guzmán y José Muñoz, operadores políticos clave del equipo de Brugada, no es un hecho más en la crónica roja de la ciudad. Es, con toda claridad, un evento que marca un antes y un después. Un crimen que, aunque todavía rodeado de incógnitas, lleva un mensaje implícito de poder, impunidad y desafío. La pregunta no es solo quién lo hizo, sino por qué… y por qué ahora.

La versión más robusta hasta ahora apunta hacia el crimen organizado. Las autoridades sugieren que el ataque fue una represalia del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), posiblemente vinculada a las recientes detenciones de líderes criminales. ¿Pero por qué atacar a estos dos funcionarios? ¿Qué sabían? ¿A quién representaban en el tablero más grande del poder en la capital?

Otra hipótesis, aún más escalofriante, plantea que el atentado fue un mensaje político. No solo una advertencia para Brugada, sino una demostración de que los tentáculos del poder criminal no respetan ni campañas, ni victorias, ni relevos gubernamentales. ¿Estamos ante un narcomensaje disfrazado de crimen urbano? ¿O frente a una guerra de sombras que apenas comienza?

Algunos sectores plantean una posibilidad aún más compleja: un crimen político-electoral. ¿Quién se beneficia de sembrar terror justo cuando Morena consolida su poder en la ciudad? ¿Hay facciones internas disputándose el control del aparato político? ¿O fuerzas externas interesadas en minar la legitimidad de la jefa de Gobierno electa desde el primer día?

Es imposible ignorar que las víctimas eran parte del primer círculo operativo de Brugada. Ximena Guzmán era reconocida como una estratega territorial; José Muñoz, un operador con amplio conocimiento del tejido social en Iztapalapa. No eran figuras decorativas. Eran clave. ¿Acaso sabían algo que los hacía peligrosos? ¿O su lealtad a un proyecto de ciudad fue su sentencia?

La futura jefa de Gobierno no solo ha heredado una ciudad fracturada por la inseguridad; ahora carga también con el peso simbólico de un doble asesinato en su equipo. Su liderazgo será inevitablemente evaluado bajo la sombra de este crimen. ¿Podrá gobernar con libertad si los grupos de poder buscan condicionarla desde el inicio?

El silencio institucional en los primeros momentos del crimen fue ensordecedor. Después vinieron las promesas de justicia, las mesas de trabajo con la fiscalía y la exigencia de resultados inmediatos. Pero la pregunta permanece: ¿es suficiente? ¿Qué garantías reales existen para quienes se dedican al servicio público si, incluso desde el corazón del gobierno, no se puede evitar un crimen así?

A Clara Brugada le tocará enfrentar no solo una investigación, sino una narrativa. Si el caso queda impune, si no se explica a cabalidad, la percepción de que el narco gobierna en las sombras cobrará fuerza. Y con ella, se tambaleará la legitimidad de un proyecto que prometía transformación y justicia.

En un país donde las estructuras del crimen organizado han aprendido a dialogar con la política —cuando no a infiltrarla—, lo que ocurrió en la alcaldía Iztapalapa podría no ser un hecho aislado. Podría ser el prólogo de una estrategia de terror selectivo, diseñada para moldear el poder desde afuera del Congreso, de los tribunales o de las urnas.

La sociedad debe preguntarse: ¿estamos dispuestos a normalizar este tipo de crímenes? ¿Qué sucede cuando el miedo empieza a dictar la agenda política? ¿Cómo blindar la democracia cuando el plomo sustituye al debate?

Este doble asesinato no debe pasar como una cifra más. Es, potencialmente, un parteaguas. Un espejo que nos obliga a ver la fragilidad de nuestras instituciones y la audacia de quienes las desafían. La Ciudad de México, supuestamente un bastión progresista, hoy sangra en su núcleo político.

La justicia, si llega, debe hacerlo no solo con rapidez, sino con verdad. De lo contrario, el mensaje habrá sido recibido… y aceptado.

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