Consumismo y antidesarrollo

Héctor O. Carriedo
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Es pertinente reflexionar y poner en relieve algunas corrientes críticas y alternativas de pensamiento, que han puesto en duda la visión del desarrollo centrada solo en el crecimiento económico indiscriminado, llevando a la humanidad a consumir en exceso recursos ambientales, y generando concentraciones obscenas, desigualdad, exclusión y precarización laboral, contaminación e impactos muy negativos (externalidades) que, mediante fenómenos como el cambio climático, amenazan la conservación de la biodiversidad y el equilibrio ecológico, la calidad de la vida, la seguridad, la libertad, la paz y la cohesión social. 

El historiador y pensador suizo Gilbert Rist, crítico de la política mundial de desarrollo (El desarrollo: historia de una creencia occidental, 2002), afirma que el desarrollo consiste en un conjunto de prácticas que algunas veces parecen estar en conflicto entre ellas, las cuales requieren –para la reproducción de la sociedad- la transformación general y la destrucción del medio ambiente natural y de las relaciones sociales. Su objetivo es incrementar la producción de mercancías (bienes y servicios) orientadas, mediante el intercambio, a la demanda efectiva. 

El austriaco Iván Illich (1926-2002), filósofo, teólogo, ecologista y pedagogo fue uno de los pensadores destacados que criticó en su momento dicho proceso de desarrollo. En uno de sus textos, Alternativas (1974), cuestiona la Alianza para el Progreso, promovida en los años sesenta por el gobierno estadounidense y el Banco Mundial para impulsar el crecimiento de América Latina. Apuntó:

El mundo rico exporta las versiones anticuadas de sus modelos desechados. La Alianza para el Progreso es un buen ejemplo de la benevolente producción del subdesarrollo….La Alianza ha sido un paso mayúsculo en la modernización de los patrones de consumo de las clases medias sudamericanas –en otras palabras, ha sido un medio para integrar esa metástasis colonial a la cultura dominante en la metrópoli norteamericana -.

En el ensayo La Convivencialidad, redactado en 1974, Illich afirmaba: Las sociedades industrializadas pueden surtir estos productos enlatados a la mayoría de los ciudadanos para su consumo personal, pero esto no prueba que estas sociedades sean sanas, o que promuevan un humanismo vital. Lo contrario es verdad. Así es como agota sus energías y sus finanzas en procurar continuamente nuevos artículos de primera necesidad y el medio ambiente se convierte en un subproducto de sus hábitos de consumo.

Medio siglo después de que Illich redactara esas líneas, es notable como la situación planteada por él nunca se contuvo sino, por lo contrario, empeoró, y el mundo enfrenta actualmente los graves estragos del cambio climático, pérdida de biodiversidad, degradación y erosión de suelos, contaminación de océanos, cuerpos de agua dulce y mantos freáticos, deforestación y multiplicación de amenazas biológicas como las pandemias, entre otras calamidades químicas, biológicas, sanitarias y socio-organizativas, asociadas al modelo de desarrollo basado en el sobreconsumo, sobre todo de las clases medias y opulentas. 

En 1972 un grupo de científicos, empresarios y políticos formaron una asociación privada denominada Club de Roma. Bajo los auspicios de este Club, el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), con la dirección de Dennis L. Meadows, elaboró el célebre documento Los Límites del Crecimiento (1972). En él advertían: Si la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y el agotamiento de los recursos mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años. El resultado más probable sería un súbito e incontrolable descenso, tanto de la población como de la capacidad industrial.

A 53 años de este informe de prospectiva mundial, con énfasis en aspectos sobre todo demográficos y argumentos maltusianos, es claro que los gobiernos de la mayoría de las naciones hicieron muy poco para ralentizar o detener dichas tendencias indeseables, con la excepción de la desaceleración de la tasa de crecimiento demográfico mediante la implementación, a partir de los años setenta, de políticas de control de la natalidad en algunos países.

Es muy conocido por economistas, sociólogos y otros estudiosos de la ciencias sociales, el efecto demostración surgido del economista keynesiano James Duesemberry, en su obra Ingreso, Ahorro y Teoría del Comportamiento del Consumidor (1949). Su enunciado es: el grupo real (clase alta de un país periférico) imita valores y patrones de consumo del grupo de referencia (clase alta de un país metropolitano); de la misma manera las clases medias de cada país intentan imitar valores y patrones de consumo de la clase alta. Este efecto, reduce la propensión al ahorro y, por lo contrario, incrementa la propensión al consumo de la sociedad por encima de su ingreso, lo cual a la postre provoca desahorro, que se debe subsanar con más deuda para mantener estilos de vida y patrones de consumo elevados y ostentosos de las clases alta y medias. 

Otro pensador que reflexionó sobre el consumo conspicuo fue el sociólogo, antropólogo, historiador y economista norteamericano de origen noruego Thorstein Veblen (1857-1929). 

En su obra maestra, adelantada a su tiempo, Teoría de la clase ociosa (1899) critica el sistema económico de los EE.UU., así como las normas sociales que lo sostienen. Apunta que el ocio ostentoso de las clases altas es un símbolo de “superioridad social” y, por tanto, el consumo conspicuo consiste en la acumulación de bienes materiales no por necesidad sino para impresionar al vecino, generando derroche como pauta de vida de la clase ociosa. Veblen afirmaba que la clase ociosa siempre se opondrá al cambio social porque las innovaciones pueden alterar su existencia confortable.    

Seis décadas después de la publicación de la Teoría de la clase ociosa, el célebre economista keynesiano John Kenneth Galbraith (discípulo distinguido de Keynes y asesor de los presidentes demócratas Roosevelt, Truman y Kennedy) publicó La sociedad opulenta (1958), donde evidencia su afinidad con las ideas de Veblen, y critica el modelo de sobreproducción estadounidense, al señalar que es una sociedad rica en bienes superfluos pero pobre en servicios sociales para el bienestar de toda su población. 

Galbraith fue un pionero en abordar el impacto de la sobreproducción de artículos de consumo en el deterioro del medio ambiente. 

Erich Fromm (1955) apuntaba al respecto: Creo que un futuro deseable depende, en primer lugar, de nuestra voluntad de elegir una vida de acción en lugar de una vida de consumo, de que engendremos un estilo de vida que nos permita ser espontáneos, independientes y, sin embargo, relacionarnos uno con otro, en vez de mantener un estilo de vida que solo nos permite hacer y deshacer, producir y consumir –un estilo de vida que solo es una estación en el camino hacia el agotamiento y la contaminación del entorno-. 

El reporte Brundtland de la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo, elaborado en 1987, señalaba que el crecimiento económico ya había generado impactos muy negativos como la contaminación atmosférica, del suelo, océanos, ríos, lagos, plantas y animales. La pobreza aumentaba y seguía siendo bajo el nivel de educación de los pobres en los países subdesarrollados; si bien aumentaba el volumen de producción de alimentos seguía siendo inequitativa su distribución. 

Especies y ecosistemas ya estaban más amenazados, algunas extintas y otras en peligro de extinción. La demanda de energía registraba un aumento acelerado, pero el consumo de recursos no renovables y el uso de combustibles fósiles ya generaban problemas de calentamiento y acidificación. Este informe prescribió que se debían impulsar procesos de generación de energía por fuentes renovables, y proponía que la industria debía migrar a procesos anticontaminantes, además de prevenir daños ambientales. Para la gestión de las ciudades recomendaba dar prioridad al aseguramiento de agua limpia, el saneamiento y transporte público colectivo eficiente.

El informe definió el desarrollo sostenible, que se convirtió en aspiración internacional, pero en la mayoría de los países sin diseñar e implementar políticas públicas adecuadas para conseguirlo:  Aquel que garantiza las necesidades del presente sin comprometer las posibilidades de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades.      

Durante las cuatro décadas posteriores a la elaboración de este informe sobre la situación de los fallos del modelo económico global, en el mundo se acentuaron los desequilibrios provocados en el medio ambiente, ya que fueron desatendidas sus principales recomendaciones. 

Entre los iniciadores de la teoría económica de la felicidad está Richard Easterlin, quien en 1974 planteó la Paradoja de Easterlin: El crecimiento económico -el aumento generalizado del ingreso y la abundancia de productos- no viene acompañado de un aumento de la felicidad de las personas. 

El Informe Mundial de Felicidad 2019 (World Happiness Report 2019), considera que la felicidad y el bienestar se pueden medir y estudiar, al tiempo que en algunos países ya existen políticas públicas innovadoras implementadas para aumentar el bienestar social. Asimismo, los Objetivos para el Desarrollo Sostenible para el año 2030 apuntan -ingenuamente, hay que decirlo-  al fin de la pobreza extrema en los países de bajos ingresos, junto con la búsqueda de otros logros en materia de inclusión, justicia social y protección del medio ambiente. 

En este marco, el informe de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de la ONU (2019) se deriva de una encuesta que pretende medir la felicidad global para 156 países, la cual encabezan naciones avanzadas con sólidos Estados de Bienestar: 1) Finlandia; 2) Dinamarca; 3) Noruega; 4) Islandia; 5) Países Bajos; 6) Suiza; 7) Suecia; 8) Nueva Zelanda; 9) Canadá; 10) Australia. Costa Rica (13) es el país latinoamericano mejor situado en lo cual claramente influye que cuenta con un sistema de bienestar y bajos niveles de violencia, así como fuertes lazos familiares.  México se ubica en el lugar 24 detrás de Francia (23) y adelante de Chile (25).

Si bien distintas mediciones de la felicidad reflejan que la riqueza no es condición suficiente para ser feliz, también subyace que la infelicidad tiene que ver mucho con la desigualdad en la distribución de la riqueza y la exclusión; la gente es más feliz en los países donde se percibe más equidad, igualdad, justicia y seguridad. 

La escuela de decrecimiento económico, surgida en los albores del siglo veintiuno,  preconiza que el crecimiento económico para enfrentar las crisis del sistema capitalista ensancha las desigualdades sociales y aumenta la velocidad con la que se degrada el medio ambiente, al tiempo que se provocan estallidos sociales y se generan deudas económicas y ambientales con cargo a las futuras generaciones,  afectando sobre todo a los más pobres. De su conferencia internacional, celebrada en España,  es el siguiente párrafo de la Declaración de Barcelona (2010):

Una élite internacional y una clase media global están causando grandes estragos al medio ambiente mediante el consumo conspicuo y la apropiación excesiva de los recursos humanos y naturales. Sus patrones de consumo llevan a mayor daño social y ambiental cuando son imitados por el resto de la sociedad en círculos viciosos de búsqueda de “estatus”  a través de la acumulación de posesiones materiales. 

Esta corriente de pensamiento no desafía las contradicciones económicas y políticas del orden económico global. Busca implementar propuestas tecnológicas y la posibilidad de una transición suave hacia una disminución de la escala o tamaño del crecimiento, para arribar a una economía de estado estacionario, es decir, sin necesidad de crecer más, para no consumir en exceso recursos naturales ni afectar el medio ambiente.

En este recorrido por algunas corrientes de pensamiento económico alternativo destaca la corriente del Buen Vivir, traducción de sumak kawsay, concepto quechua de los descendientes de los pueblos Incas de Perú, Ecuador y Bolivia.  Lemus & Barkin (2020),  citan el Preámbulo de la relativamente reciente Constitución de Ecuador, donde la referencia al Buen Vivir es  principio: Una nueva forma de convivencia ciudadana, en diversidad y armonía con la naturaleza, para alcanzar el buen vivir, el sumak kawsay (2009). 

El Buen Vivir conjuga principios esenciales de coexistencia y cohesión social que están calando hondo y se están extendiendo en el continente americano: igualdad, fraternidad, libertad, justicia social y justicia ambiental. 

En México, se han codificado los principios del Buen Vivir en la categoría de “comunalidad”, que incluye: 1) Democracia participativa y directa; 2) organización del trabajo comunitario; 3) posesión y control territorial comunitario; 4) una cosmovisión común que incluye la noción de la Tierra como madre (Pachamama) y respeto para el liderazgo comunitario (Martínez Luna, et al. 2010, citado por Lemus & Barkin, 2020).

Epílogo     

Pensadores, estudios, fuentes intelectuales y filosóficas de los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo veinte, que fueron desoídas por los centros hegemónicos de poder internacional durante décadas, siguen siendo referentes en la actualidad, por mencionar algunos de los principales: Fromm (1955), Marcuse (1964), Galbraith (1958), Ilich (1972), Bárbara Ward y René Dubos (1972), así como los informes Meadows (1972) y Brundtland (1987). Ellos construyeron, anticipadamente, visiones certeras que concurren en un movimiento intelectual sobre del derrotero ambiental y el destino de la humanidad. 

El tiempo les ha dado sobradamente la razón a esas voces que, ni pretendían ser proféticas, tampoco catastrofistas, altermundistas o globalofóbicos, etiquetas con las cuales suelen descalificarlas los ideólogos de derecha, tan refractarios y reaccionarios a los movimientos intelectuales y sociales reivindicatorios de los ideales de justicia social, equidad, igualdad, fraternidad, respeto a la naturaleza y el bienestar colectivo. 

Se ha sobrevalorado la estructura económica de la sociedad por encima de las estructuras sociales, culturales, ambientales y espirituales. La estructura económica debe concebirse como el medio para alcanzar fines de bienestar, equidad y libertad, y no solo como un fin para la acumulación capitalista y el sobreconsumo. 

Una cita imperecedera, de hace 70 años, del humanista Erick Fromm, resume uno de los dilemas de nuestro tiempo: 

El hombre se encuentra hoy ante la más fundamental de las decisiones: no tiene que decidir entre capitalismo y comunismo, sino entre robotismo (en sus variedades capitalista y comunista) y socialismo humanista comunitario. La mayoría de los hechos parecen indicar que se inclina por el robotismo y eso significa a la larga locura y destrucción; pero todos esos hechos no son bastante fuertes para destruir la fe en la razón, la buena voluntad y la salud del hombre (Fromm, 1955).

El fin es la  transformación de la sociedad enajenada, alienada, expoliada, en una sociedad democrática, libre, fraterna, igualitaria, donde imperen la justicia social y ambiental, en armonía con el humanismo y en equilibrio con la naturaleza, respetuosa de la madre tierra.

Héctor O. Carriedo Sáenz, mayo de 2025.

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