Un crimen que estremeció a Michoacán
La noche del 1 de noviembre de 2025, cuando las calles de Uruapan, Michoacán, se iluminaban con miles de velas para celebrar el tradicional Festival de las Velas y honrar a los difuntos, la tragedia se apoderó del municipio.
El alcalde Carlos Alberto Manzo Rodríguez, conocido como “El del Sombrero”, fue asesinado a balazos frente a su familia, funcionarios y cientos de ciudadanos, mientras concluía el acto inaugural del evento.

Eran las 8:10 de la noche cuando un grupo armado abrió fuego. El alcalde fue alcanzado por al menos seis impactos de bala. Su cuerpo cayó entre gritos, luces y flores de cempasúchil. Aún con vida, fue trasladado al Hospital Fray Juan de San Miguel, donde murió a las 8:50 p.m.
En el lugar, un regidor resultó herido y uno de los agresores fue abatido. Otros dos fueron detenidos.
El ataque desató una conmoción nacional: un alcalde más asesinado en México. Pero este caso no fue un hecho más de la violencia política. Fue el desenlace de un grito ignorado.
“No quiero ser un presidente municipal más de la lista de los ejecutados”
Carlos Manzo había advertido su destino.
Durante todo 2025, el edil levantó la voz en entrevistas, redes sociales y comunicados oficiales para pedir auxilio al gobierno federal, ante el asedio de grupos criminales en Uruapan.
“Desde que asumí el cargo he pedido apoyo al gobierno federal y no he tenido respuesta”, declaró en mayo.
Su municipio estaba sitiado. Grupos armados disputaban el control de tierras, rutas de transporte y producción de aguacate. Las extorsiones, secuestros y asesinatos eran el pan de cada día.
Manzo suplicó el envío de la Guardia Nacional y solicitó que el entonces secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, apoyara directamente en la estrategia de contención. No lo escucharon.
En septiembre canceló el Grito de Independencia, denunciando amenazas de muerte. “Necesito que el Estado venga con toda su fuerza”, imploró.
Un mes después, esa fuerza llegó… pero para levantar su cuerpo.

El alcalde que se enfrentó al crimen
Nacido en 1985 en Uruapan, Carlos Alberto Manzo Rodríguez fue un político atípico: independiente, sin partido, sin miedo. Su lema era simple: “Ni me vendo ni me rindo”.
Antes de llegar a la alcaldía, fue diputado federal y conocido por enfrentarse abiertamente a las mafias que controlan el occidente del país. En su administración impulsó operativos locales, denunció públicamente a grupos armados y encabezó patrullajes junto a su escolta.
“Delincuente que se tope y se resista… hay que abatirlo”, declaró en una entrevista en mayo, desafiando la política de “abrazos, no balazos”.
Su postura lo convirtió en símbolo de resistencia… y en blanco. En redes sociales documentó amenazas y denunció complicidades entre autoridades y cárteles. “Uruapan está abandonado, nos están matando a todos”, dijo semanas antes de morir.

La respuesta que nunca llegó
A pesar de sus súplicas, la presidenta Claudia Sheinbaum no atendió sus llamados.
Fuentes locales confirmaron que el alcalde había enviado oficios y solicitudes formales para reforzar la seguridad. Las respuestas —cuando las hubo— fueron vagas. En eventos públicos, Sheinbaum llegó a declarar que “la violencia no se combate con más violencia”, minimizando los reclamos del edil.
Para los pobladores, esa indiferencia fue mortal. En redes, miles de ciudadanos recordaron los mensajes de Manzo rogando apoyo federal y cómo fue silenciado tras cuestionar la estrategia de seguridad nacional.
El día de su asesinato, las redes se llenaron de indignación.
“El gobierno permitió que Carlos Manzo fuera asesinado. Una y otra vez pidió ayuda”, escribió Jorge Álvarez Máynez.
“No tienen madre. Pidió ayuda por todos lados y no le dieron nada”, publicó el empresario Ricardo Salinas Pliego.
La senadora Lilly Téllez fue más tajante: “Otra vez es tu culpa, Claudia Sheinbaum. Dios ampare a México”.

La escena que rompió el corazón de México
Momentos antes del ataque, Carlos Manzo transmitía en vivo desde su página oficial. En las imágenes se le ve abrazando a su pequeño hijo, mientras el niño lo estrecha con fuerza, como si presintiera el peligro.
De fondo, la canción “Camino de flores” de Edwin Luna y La Trakalosa de Monterrey. Minutos después, las detonaciones desataron la desgracia.
Esa escena se volvió símbolo del dolor nacional: un padre abrazando a su hijo antes de morir por luchar contra la impunidad.
En cuestión de horas, el Festival de las Velas, que debía honrar a los muertos, se convirtió en una velación colectiva. Las mismas velas que adornaban los altares, iluminaron la calle donde cayó el alcalde.

Las primeras investigaciones
La Fiscalía General del Estado (FGE) informó que en el lugar del ataque se hallaron siete casquillos percutidos y un arma calibre 9 mm.
El titular de la dependencia, Carlos Torres Piña, confirmó la detención de dos presuntos responsables y la muerte de un agresor en el lugar.
El gobernador Alfredo Ramírez Bedolla aseguró que el crimen “no quedará impune” y que ya se trabaja con autoridades federales.
Sin embargo, organizaciones ciudadanas y colectivos de periodistas exigieron que el caso no quede en la estadística de funcionarios ejecutados: 22 alcaldes han sido asesinados en México desde 2018, según la consultora Etellekt.

Un país que entierra a sus valientes
La muerte de Carlos Manzo no solo duele por su brutalidad, sino por su significado: un líder local que se negó a rendirse ante el crimen fue asesinado mientras el Estado lo dejaba solo.
Su historia no es aislada. En Michoacán, alcaldes, regidores, periodistas y activistas han sido blanco del crimen organizado. Todos compartieron un rasgo común: pidieron ayuda y no la obtuvieron.
En vida, Manzo dijo:
“Si hay muertos, que sean de los delincuentes, no de la gente buena.”
Hoy, esa frase resuena con eco trágico. Porque en México, los muertos siguen siendo los buenos.
Reflexión final
El asesinato del alcalde Carlos Manzo refleja la crisis más profunda del país: la descomposición del poder local frente al crimen organizado y la indiferencia de un Estado que calla ante su propio fracaso.
Su muerte no fue casual ni inesperada; fue anunciada, advertida y grabada en los oficios que nadie quiso leer.
Mientras los cárteles siembran terror, los gobernantes siembran excusas.
Carlos Manzo murió como vivió: de pie, defendiendo a su pueblo.
Y hoy, las velas encendidas en Uruapan no solo iluminan su altar: iluminan la vergüenza de un país que entierra a quienes aún se atreven a luchar.
