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Héctor O. Carriedo Columna de opinión

La primavera laboral de México

Héctor O. Carriedo
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La evidencia disponible permite sostener una tesis fuerte, pero no propagandística: en el periodo 2019 – 2026 México ha vivido una primavera laboral, entendida como un cambio de orientación de la política pública que ha colocado el empleo, el salario y los derechos laborales en un lugar central. La primavera no significa que los desafíos estén resueltos; sino más bien que la dirección de la política laboral cambió después de más de tres décadas de estancamiento y atraso.

Principalmente en el lapso 1983-2018, el mercado laboral mexicano fue tratado como una variable de ajuste. El salario debía contenerse para preservar la “competitividad”; la precariedad se justificaba como condición para atraer inversión; la subcontratación fragmentaba derechos, y la informalidad era asumida casi como un destino inevitable. El resultado fue un crecimiento económico moderado e incapaz de traducirse proporcionalmente en bienestar para quienes viven de su trabajo.

En el periodo 2018-2026 comenzó a cambiar esa lógica. No todo está resuelto —ni mucho menos—, pero los datos permiten hablar de una primavera laboral mexicana: más empleo formal, mayor peso del trabajo permanente, recuperación sustancial del salario mínimo, menor desempleo y una ampliación de derechos laborales.

El primer dato es contundente. En diciembre de 2018 había 20.1 millones de puestos registrados ante el IMSS. Al 30 de septiembre de 2026 el registro alcanzó 22,927,276 de puestos, la cifra más alta desde que se tiene registro: un incremento de aproximadamente 2.83 millones de empleos, equivalente a cerca de 14.1%. De ese total, el 87.1% corresponde a puestos permanentes (19,967,281), también la cifra más alta para cualquier mes de la serie histórica.

Hay aquí un dato que merece especial atención: el crecimiento no se explica simplemente por empleo eventual. La proporción de puestos permanentes se mantiene en 87.1%. El mercado laboral formal no solamente tiene más puestos registrados; sino también una composición ligeramente más estable.

La pandemia produjo una ruptura brutal en 2020, cuando se perdieron más de 647 mil puestos. Pero la recuperación posterior fue vigorosa. En lo que va de 2026 se han creado 410,200 puestos. En los últimos doce meses el crecimiento fue de 355,594 puestos (1.6% anual). Solo en septiembre se generaron 128,803 puestos.

El dato que cambia la ecuación: el salario

La transformación laboral tampoco puede medirse solamente contando empleos. Por lo menos en los sexenios gubernamentales del lapso 1982-2018, México intentó competir internacionalmente mediante salarios deprimidos. Pero a partir del año 2019 la política de recuperación del salario mínimo rompió con esa ortodoxia equivocada.

El salario mínimo general pasó de 88.36 pesos diarios en 2018 a 315.04 pesos en 2026. Al mismo tiempo, la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (Conasami) estima una recuperación de 154.2% de su poder adquisitivo durante los gobiernos de la Cuarta Transformación. En marzo de 2026, el salario mínimo general podía adquirir 1.94 canastas básicas, frente a solo 0.78 en 2018.

Más importante aún: la absurda creencia de que elevar sustancialmente los salarios destruiría empleo formal nunca se cumplió, porque solo fue un mito más de la tecnocracia, que perduró por varias décadas. Ahora, la Conasami estima que el incremento de 2026 benefició directamente a 6.4 millones de trabajadores que conservaron su empleo con el mismo empleador después del aumento.

La experiencia mexicana plantea así una cuestión de fondo: los salarios no solo son un costo de producción, sino también una fuente de demanda interna, bienestar y productividad.

La tasa de desocupación también ofrece un resultado favorable. Después del choque extraordinario de la pandemia, México llegó a niveles históricamente bajos de desempleo abierto. En el primer trimestre de 2026 la tasa fue de 2.6%, mientras la población ocupada alcanzó 59.6 millones.

Pero aquí es necesario evitar una trampa estadística: desempleo bajo no significa automáticamente empleo digno.

México continúa arrastrando una informalidad laboral cercana a 55%. Precisamente por eso la primavera laboral no puede reducirse a una celebración de cifras. Su verdadera prueba está en transformar empleos precarios en empleos decentes.

El gran pendiente: convertir la primavera en una transformación estructural

El problema de México ya no consiste únicamente en crear puestos de trabajo. Se trata de elevar su productividad junto con las remuneraciones, la estabilidad y la protección social.

La informalidad sigue siendo el principal desafío. La solución, sin embargo, no pasa por repetir el viejo recetario neoliberal de “flexibilizar” todavía más el trabajo, reducir salarios o abaratar despidos. Esa estrategia ya tuvo décadas para demostrar sus deficientes, lamentables y fallidos resultados.

El camino debe ser otro.

Primero, una política nacional de productividad con salarios crecientes. El aumento salarial debe acompañarse de inversión pública y privada, innovación tecnológica, capacitación y adiestramiento y financiamiento para pequeñas y medianas empresas. La productividad no debe utilizarse como pretexto para contener salarios; más bien, los salarios crecientes deben convertirse en incentivo para elevar productividad.

Segundo, formalizar sin penalizar la informalidad. Millones de mexicanos no son informales por vocación, sino porque el mercado formal no les ofrece una puerta de entrada suficientemente atractiva. Hay que reducir costos de incorporación, simplificar trámites, ampliar y facilitar acceso a la seguridad social y crear mecanismos graduales de transición para micronegocios y trabajadores independientes.

Tercero, construir un verdadero sistema nacional de cuidados. La participación laboral femenina no puede crecer plenamente mientras millones de mujeres absorban gratuitamente tareas de cuidado. Los centros de desarrollo infantil y los establecimientos para cuidados de adultos mayores y servicios públicos de atención deben considerarse infraestructura económica.

Cuarto, profundizar la democracia y transparencia sindical. La reforma laboral abrió una nueva etapa al fortalecer la legitimidad de contratos y organizaciones sindicales. El siguiente paso debe ser que la negociación colectiva se convierta en un mecanismo efectivo para elevar salarios y productividad, y mejorar condiciones laborales.

Quinto, asumir que las nuevas formas de trabajo también requieren derechos. Plataformas digitales, trabajo independiente y nuevas modalidades de prestación de servicios no pueden quedar fuera de la protección social. El IMSS reportó en septiembre de 2026 más de 207 mil personas con cobertura completa por la reforma de plataformas digitales.

Sexto, vincular la política laboral con una nueva política industrial. No basta con que México genere empleos; debe generar empleos de mayor valor agregado. La relocalización de cadenas productivas, la infraestructura, la energía, la transición tecnológica y el desarrollo regional deben utilizarse para construir empleos mejor remunerados y no simplemente para ofrecer “mano de obra barata”.

No regresar al viejo y equivocado paradigma

La primavera laboral mexicana tiene una paradoja: ha avanzado precisamente porque se atrevió a cuestionar algunos de los dogmas que dominaron la política económica durante décadas.

El desafío ahora es no caer en el extremo contrario. Defender al trabajador no significa desconocer a la empresa; sino construir una relación más equilibrada entre el capital y el trabajo. Una economía pujante y en constante innovación necesita empresas rentables, inversión y productividad, pero también requiere trabajadores con ingresos suficientes para consumir, ahorrar, formar familias y participar plenamente en la vida económica.

El objetivo no debería ser regresar a la época en que México exhibía salarios bajos como ventaja competitiva. La verdadera ventaja competitiva del país debe ser otra: trabajadores mejor pagados, empresas más productivas, tecnología adecuada, infraestructura sólida, capacitación continua, seguridad social para todos y un mercado interno más robusto.

Los números permiten afirmar que algo importante cambió desde 2018: hay más empleo registrado, más puestos permanentes, menor desempleo abierto y una recuperación salarial que durante años parecía políticamente imposible.

La primavera laboral se consolida cuando el empleo formal deja de ser privilegio y se convierte en regla; cuando el salario alcanza para vivir con dignidad y no solo para sobrevivir; cuando la informalidad deja de ser el destino forzado de millones y el trabajo vuelve a ser, de verdad, el camino más seguro hacia la movilidad social. Ese es el capítulo que todavía falta escribir.

Héctor O. Carriedo Sáenz

13 de octubre de 2026

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Etiquetas: #empleo #IMSS #México

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