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Ana Karina Fernández Columna de opinión

El Sots Art soviético: las imágenes que cruzaron el telón

Ana Karina Fernández
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  Uno de mis mejores amigos, que conoce perfectamente mi obsesión por el arte, me mandó un reel sobre Andy Warhol, las marcas y la famosa botella de Absolut Vodka… evidentemente yo no podía quedarme en la anécdota porque cuando el arte se cruza con la publicidad, el mercado y el poder, siempre aparece una historia mucho más interesante, y hay que contarla!

  Así llegamos al Sots Art soviético, un movimiento que no fue simplemente la versión comunista del Pop Art, sino una manera inteligente, irónica y bastante disruptiva de tomar la propaganda oficial para exhibir lo absurda que podía resultar.

  Vitaly Komar y Alexander Melamid crearon el término en 1972 al combinar socialismo con arte, mientras el Pop estadounidense se apropiaba de latas, celebridades y objetos de consumo, ellos trabajaban con Lenin, Stalin, estrellas rojas, consignas y trabajadores ejemplares porque en la Unión Soviética lo que se producía masivamente no eran mercancías… sino ideología.

  Los artistas que trabajaban fuera del sistema oficial no tenían galerías, materiales ni espacios institucionales, por eso exponían en departamentos, producían casi en secreto y asumían que una obra podía ser confiscada o destruida simplemente porque no coincidía con la versión del mundo autorizada por el Estado.

  El momento más brutal llegó el 15 de septiembre de 1974, cuando un grupo de artistas intentó organizar una exposición al aire libre en Belyayevo, Moscú, y las autoridades respondieron con policías, camiones, chorros de agua y bulldozers… algunas obras quedaron destrozadas y la llamada Exposición de los Bulldozers terminó demostrando algo maravilloso y terrible al mismo tiempo, el gobierno necesitó maquinaria pesada para destruir unas pinturas que aseguraba que no tenían ninguna importancia.

  Por eso estas obras son tan escasas y tan valiosas, no porque alguien haya diseñado una estrategia de exclusividad para elevar sus precios, sino porque muchas desaparecieron, fueron dañadas o tuvieron que salir clandestinamente de la Unión Soviética, cada pieza que sobrevivió es también el registro físico de una batalla por conservar la libertad de producir imágenes, de expresarse!

  En ese mercado subterráneo participaron diplomáticos, periodistas, académicos y coleccionistas extranjeros que compraban directamente en estudios o departamentos, también existen historias sobre obras intercambiadas por jeans, whisky o vodka, pero conviene no convertir esos relatos en una leyenda romántica porque muchas operaciones no cuentan con documentación suficiente y detrás del trueque simpático había artistas vulnerables negociando con visitantes que poseían dinero, productos occidentales y la posibilidad de sacar las piezas del país.

  El gran nombre de esta historia es Norton Townshend Dodge, economista estadounidense que comenzó a reunir arte soviético no conformista durante sus viajes a la URSS y que junto con Nancy Dodge formó una colección extraordinaria, hoy integrada al Zimmerli Art Museum de Rutgers y considerada uno de los conjuntos más importantes de este tipo fuera de la antigua Unión Soviética.

  Lo verdaderamente fascinante es que una parte esencial de la memoria artística soviética haya terminado en América, porque las obras creadas para cuestionar una estructura de poder sobrevivieron gracias a coleccionistas, universidades y museos ubicados precisamente en el país que representaba al enemigo ideológico.

  No lo veo como una victoria sencilla de Occidente, lo veo como una de esas paradojas deliciosas que solamente el arte puede producir… para escapar del control del Estado las obras tuvieron que entrar al mercado, para sobrevivir a una ideología terminaron protegidas por otra economía de poder y para ser escuchadas debieron cruzar el mismo telón que alguna vez intentó mantenerlas ocultas.

  El Sots Art sigue siendo actual porque nos recuerda que toda imagen repetida hasta parecer natural merece ser cuestionada, venga de un gobierno, una empresa, una campaña política o una plataforma digital, Warhol convirtió la mercancía en icono y Komar y Melamid convirtieron la ideología en una imagen susceptible de ser desmontada.

  Y así querido lector culto y conocedor, entre Absolut, Lenin y una pintura rescatada de algún departamento de Moscú existe la misma pregunta que todavía jode mucho al arte, a la publicidad y al poder… quién fabrica nuestros símbolos, quién consigue volverlos deseables y quién termina quedándose con ellos.

Just saying …

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