Morena contra Morena: ganar la candidatura, perder la elección.

Alejandro Lotzin
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Las campañas de contraste han existido siempre porque la política también consiste en comparar. No basta con decir quién soy, qué he hecho o qué propongo; una campaña necesita explicar por qué representa una mejor opción frente a quien compite por el mismo cargo. Contrastar trayectorias, resultados, decisiones, capacidades y contradicciones es legítimo y, muchas veces, necesario. El problema comienza cuando dejamos de cuestionar lo que hizo el adversario y comenzamos a intentar destruir lo que es. Una cosa es contrastar para ganar y otra muy distinta destruir para que el otro ya no pueda competir.

Las redes sociales cambiaron profundamente esa vieja práctica. Antes, un ataque necesitaba un spot, una conferencia, una entrevista o una portada. Hoy puede comenzar en una cuenta anónima, convertirse en meme, brincar a WhatsApp, llegar a TikTok y terminar horas después en los medios nacionales. El mundo digital no inventó las campañas negativas, pero las hizo más rápidas, baratas, emocionales y difíciles de rastrear. Ahora no siempre sabemos quién disparó primero, aunque generalmente sabemos a quién beneficia el disparo.

Por eso las campañas de contraste actuales ni siquiera parecen campañas. Se disfrazan de filtraciones, investigaciones, encuestas, videos, columnas, rumores o supuesta indignación ciudadana. El objetivo tampoco es necesariamente conseguir que alguien vote inmediatamente por nosotros. Muchas veces basta con sembrar una duda sobre el otro, aumentar sus negativos o convertir una debilidad en conversación permanente. En la política de nuestros días, destruir confianza puede tomar una tarde; construir prestigio puede tomar una vida.

México tiene frente a nosotros un extraordinario laboratorio para observar este fenómeno: el proceso interno de Morena rumbo a las elecciones de 2027. Estarán en juego 17 gubernaturas y la cantidad de aspirantes refleja tanto la fortaleza electoral del movimiento como la dimensión del problema que deberá administrar. La propia dirigencia nacional ha comenzado reuniones con aspirantes de Baja California, Chihuahua, Nayarit, Sonora, Sinaloa, Michoacán y otras entidades para pedir unidad antes de las encuestas. Cuando muchos creen que ganar la candidatura de Morena significa recorrer buena parte del camino hacia el gobierno, la batalla más importante puede comenzar dentro de casa.

Chihuahua es quizá el ejemplo más visible. Andrea Chávez y Cruz Pérez Cuéllar representan dos proyectos con estructuras, respaldos y estrategias diferentes que buscan encabezar al oficialismo. Lo que debería ser una competencia para demostrar quién tiene mejores condiciones puede convertirse fácilmente en una batalla para elevar los negativos del contrario. Ahí el contraste tiene un límite muy delicado: si para demostrar que eres el mejor candidato necesitas convencer al electorado de que tu compañero es impresentable, ¿cómo le pedirás después que vote por él si gana la encuesta?

Guerrero representa otro caso interesante por la cantidad de intereses que convergen. Al menos 15 figuras de Morena, PVEM y PT buscaron participar en la candidatura, entre ellas Beatriz Mojica, Esthela Damián, Karen Castrejón e Iván Hernández, además de otros liderazgos con presencia estatal. En una entidad donde Morena parte con una estructura electoral poderosa, la competencia interna corre el riesgo de convertirse en la verdadera elección. Cada antecedente, fotografía, relación política, declaración o expediente puede terminar convertido en munición.

Baja California muestra hasta dónde puede llegar la confrontación dentro del mismo espacio político. Las diferencias entre grupos vinculados a Morena y sus aliados han provocado acusaciones públicas y amenazas de ruptura. Incluso Montserrat Caballero, aspirante del PT, ha acusado a contendientes de Morena de violar las reglas del proceso, mientras la dirigencia nacional insiste en mantener la coalición. La disputa alrededor del grupo de la gobernadora Marina del Pilar Ávila y los intereses asociados al exgobernador Jaime Bonilla demuestra que las heridas políticas pueden sobrevivir mucho tiempo después de terminada una elección.

El desafío es mayor porque Morena no es precisamente un partido construido bajo la disciplina vertical que caracterizó durante décadas al PRI. Es un movimiento formado por antiguos perredistas, priistas, panistas, dirigentes sociales, empresarios, liderazgos regionales y nuevas generaciones que encontraron espacio bajo una misma marca política. Esa diversidad fue una enorme fortaleza para conquistar poder, pero ahora tendrá que demostrar que también puede administrarlo. Todos caben cuando hay victorias para repartir; el verdadero problema comienza cuando hay veinte aspirantes y solamente una candidatura.

Y ahí estará la verdadera prueba. Una encuesta puede producir un ganador, pero no produce automáticamente unidad. Después del resultado quedarán segundos lugares, grupos inconformes, estructuras desplazadas y aspirantes que habrán invertido meses construyendo un proyecto. También quedarán las cicatrices de los ataques. Los equipos saben quién filtró información, quién financió determinada página, quién impulsó una acusación y quién celebró cada golpe recibido.

En política, además, la ruptura no siempre significa renunciar al partido. Existe una forma mucho más silenciosa y efectiva de cobrar una derrota: simular unidad. Un aspirante puede levantar la mano del ganador frente a las cámaras, aparecer sonriente en la fotografía y después dejar que su estructura se quede en casa. La unidad no se mide en una foto; se mide cuando llega el momento de movilizar votos por quien te derrotó.

Y ahí aparece la oportunidad para la oposición.

PAN, PRI y Movimiento Ciudadano atraviesan sus propias crisis y divisiones, pero no necesitan necesariamente quitarle a Morena millones de electores convencidos. En una elección cerrada puede ser suficiente capitalizar inconformes, atraer independientes y aprovechar estructuras morenistas desmovilizadas. De hecho, sectores del PAN en Chihuahua, Nuevo León, Sonora y Zacatecas ya presionan para reconsiderar alianzas opositoras rumbo a 2027 ante la dificultad de enfrentar separados al oficialismo.

La oposición debería entender algo elemental: su oportunidad quizá no esté en convencer al morenista más duro, sino en convertirse en alternativa para quienes terminen decepcionados por el proceso interno. Las elecciones no siempre las gana quien crece más; algunas veces las pierde quien se divide peor. Una fractura de cinco puntos puede valer más que una campaña de cien millones.

Morena lo sabe. Por eso los llamados anticipados a la unidad no son casualidad. Su dirigencia enfrenta un desafío que va mucho más allá de escoger mediante encuestas a quienes tengan mejores números. Tendrá que conseguir que quienes pierdan acepten realmente acompañar a quienes ganen. Y eso será especialmente complicado si durante meses los aspirantes convierten el contraste en una guerra de exterminio político.

Las campañas de contraste seguirán existiendo porque funcionan. El contraste inteligente exhibe una diferencia y permite elegir; el fuego amigo destruye al compañero y deja heridas para la elección constitucional. Esa diferencia puede parecer pequeña durante una interna, pero puede terminar definiendo una gubernatura.

Morena llega a 2027 con una enorme ventaja: poder, estructura, gobiernos y una marca electoral todavía fuerte. Pero también llega con un problema propio de los partidos dominantes: demasiados aspirantes convencidos de que ésta es su oportunidad. El poder une mientras alcanza para todos; cuando llega la hora de repartir candidaturas, también revela las fracturas.

Por eso quizá la batalla decisiva de 2027 no comience cuando Morena enfrente a la oposición, sino mucho antes, cuando Morena se enfrente a Morena. Si el contraste sirve para escoger a los mejores, el movimiento llegará fortalecido. Si se convierte en fuego amigo, PAN, PRI y Movimiento Ciudadano podrían recibir algo que hasta ahora no han logrado construir por sí mismos: una oportunidad.

Porque en política se puede sobrevivir al ataque del adversario. Lo verdaderamente peligroso es llegar a la elección con las heridas provocadas por quienes después tendrán que ayudarte a ganar.

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