México a gritos: cuando la política deja de debatir y empieza a odiar.

Alejandro Lotzin
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Lo ocurrido entre los diputados Arturo Ávila, de Morena, y Carlos Gutiérrez Mancilla, del PRI, debería preocuparnos mucho más de lo que probablemente durará el video circulando en las redes sociales. No porque dos políticos hayan perdido los estribos —México tiene una larga historia de episodios similares—, sino porque la escena funciona como un espejo incómodo del momento que atraviesa nuestra conversación pública: dos representantes populares gritándose, empujándose, acusándose de narcos, corruptos y porros, mientras recurren a una de las expresiones más primitivas de nuestra cultura política: cuestionar quién tiene o no tiene “huevos”.

El enfrentamiento ocurrió en el contexto de una discusión sobre acusaciones de “narcogobierno” e injerencia extranjera que terminó escalando de la confrontación verbal al contacto físico.

Es profundamente grave. No porque la política deba ser educada, silenciosa o políticamente correcta. La democracia necesita pasión, carácter y confrontación. Pero carácter no es perder el control. Valentía no es insultar. Firmeza no es empujar. Cuando a la política se le terminan los argumentos, casi siempre comienza el espectáculo. Y cuando el espectáculo sustituye permanentemente a las ideas, comienza el deterioro de la democracia.

El problema sería menor si se tratara de un episodio aislado. No lo es. Apenas en agosto de 2025, Alejandro “Alito” Moreno y Gerardo Fernández Noroña protagonizaron otro enfrentamiento que comenzó con una disputa por el uso de la palabra y terminó entre empujones y golpes en el Senado. Tampoco son nuevas las tomas de tribuna, los bloqueos legislativos y las escenas de confrontación alrededor de las grandes reformas nacionales. En 2013, durante la discusión de la reforma energética, legisladores bloquearon el acceso al pleno y tomaron la tribuna, obligando incluso a trasladar la sesión a otro espacio de San Lázaro.

Los nombres cambian, los partidos cambian, las causas cambian. La lógica permanece.

Y quizá ahí está lo verdaderamente preocupante. México lleva años normalizando una política donde el adversario dejó de ser alguien con quien se discrepa para convertirse en alguien moralmente despreciable. Ya no basta decir que el otro está equivocado: hay que demostrar que es corrupto, traidor, vendepatrias, narco, fascista, comunista, conservador, chairo, fifí o enemigo del pueblo. El lenguaje importa porque las sociedades terminan habitando las palabras que repiten.

Primero dividimos el país con palabras. Después nos sorprendemos cuando la sociedad comienza a comportarse como si realmente estuviera dividida en enemigos.

La polarización mexicana ya no cabe solamente en Morena, PRI, PAN o Movimiento Ciudadano. Ha salido de los congresos y de las conferencias de prensa para instalarse en las sobremesas familiares, los grupos de WhatsApp, las universidades, los centros de trabajo y, especialmente, las redes sociales. Cada vez resulta más difícil discutir una idea sin que alguien pregunte primero de qué lado estás. Como si toda opinión necesitara uniforme. Como si reconocer un acierto del adversario fuera traición y señalar un error del propio grupo fuera cobardía.

Ahí comienza una enfermedad peligrosa para cualquier democracia: cuando dejamos de preguntarnos si algo es verdadero o falso y empezamos a preguntarnos si lo dijo “uno de los nuestros” o “uno de ellos”.

La política ha contribuido poderosamente a construir ese ambiente porque la polarización funciona electoralmente. Divide el mundo en categorías sencillas, moviliza emociones, consolida identidades y fabrica enemigos fáciles de reconocer. El problema es que ganar elecciones polarizando resulta mucho más sencillo que gobernar después una sociedad polarizada. El incendio puede servir para movilizar a los tuyos, pero tarde o temprano alguien tendrá que gobernar sobre las cenizas.

Durante los últimos años, desde el poder se profundizó una narrativa basada frecuentemente en la división entre dos grandes campos morales. Morena entendió muy bien la rentabilidad política de esa frontera. Pero sería demasiado cómodo adjudicarle toda la responsabilidad. La oposición aprendió rápidamente el mismo idioma y decidió responder con frecuencia utilizando las mismas armas: descalificación contra descalificación, provocación contra provocación, insulto contra insulto.

El resultado es perverso: cada bando utiliza los excesos del otro para justificar los propios.

Y mientras tanto, las redes sociales hacen el resto. Los algoritmos no premian necesariamente al político que explica mejor una reforma fiscal, una estrategia de seguridad o una política educativa. Premian aquello que genera reacción. Indignación, miedo, burla y enojo son extraordinarios combustibles digitales. Una propuesta puede necesitar diez minutos para explicarse; un insulto necesita diez segundos para viralizarse.

Por eso nuestros políticos empiezan peligrosamente a parecerse a creadores de contenido. Necesitan el clip, la frase incendiaria, la confrontación, el enemigo del día. Pero gobernar una nación no es producir contenido y representar a los ciudadanos no debería consistir en competir por quién genera el video más viral.

Existe, además, una cuestión de ética pública que hemos dejado de exigir. Ser diputado, senador, gobernador, dirigente partidista o presidente no convierte a nadie en mejor persona, pero debería obligarlo a comportarse con mayor responsabilidad. La investidura no es un privilegio para gritar más fuerte; es una obligación para pensar mejor.

Mientras la clase política discute quién tiene más “huevos”, millones de mexicanos enfrentan problemas bastante más serios: inseguridad, violencia, desigualdad, falta de medicamentos, empleos insuficientes, crecimiento económico, educación, corrupción, infraestructura, migración, inteligencia artificial, cambio tecnológico y una relación cada vez más compleja con Estados Unidos. La distancia entre la gravedad de los problemas nacionales y la pequeñez de algunas discusiones políticas empieza a resultar ofensiva.

Y existe todavía una consecuencia peor.

Cuando el ciudadano observa reiteradamente estas escenas termina concluyendo que todos los políticos son iguales, que la política es una pelea permanente por privilegios y que participar no sirve de mucho. El desencanto se transforma entonces en cinismo. Y pocas cosas son más peligrosas para una democracia que una sociedad convencida de que nada vale la pena defender.

La democracia no muere solamente cuando alguien cancela una elección. También se deteriora cuando una sociedad deja de creer en la conversación como mecanismo para resolver sus diferencias.

Por eso el episodio entre Ávila y Gutiérrez debería servirnos para algo más que fabricar memes. Quizá deberíamos mirarnos también nosotros. Preguntarnos cuándo dejamos de escuchar al que piensa distinto. Cuándo comenzamos a bloquear amigos por política. Cuándo decidimos que una persona podía resumirse por el partido que vota. Cuándo confundimos tener convicciones con tener enemigos.

Porque sería demasiado fácil culpar exclusivamente a los políticos. Ellos alimentan la polarización, sin duda, pero nosotros también podemos reproducirla cada día. Cada insulto en redes, cada descalificación automática y cada negativa a escuchar fortalecen esa misma cultura.

México necesita recuperar algo que hoy parece revolucionario: el derecho a disentir sin odiarnos.

Necesitamos políticos capaces de destruir intelectualmente una mala idea sin intentar destruir moralmente a quien la propone. Necesitamos ciudadanos capaces de votar distinto y seguir compartiendo una mesa. Necesitamos entender que ninguna democracia sobrevive mucho tiempo cuando la mitad del país considera enemiga a la otra mitad.

La política mexicana necesita menos testosterona y más inteligencia; menos espectáculo y más resultados; menos etiquetas y más argumentos; menos políticos obsesionados con derrotar enemigos y más estadistas interesados en resolver problemas.

Porque una nación no se rompe solamente cuando sus instituciones fracasan.

También comienza a romperse cuando sus ciudadanos dejan de reconocerse entre sí.

Y quizá esa sea la reflexión que debería dejarnos aquella lamentable discusión: el día que México tenga que elegir entre demostrar quién tiene más “huevos” y demostrar quién tiene mejores ideas, más ética y mayor capacidad para gobernar, habremos entendido finalmente que el verdadero poder nunca estuvo en gritar más fuerte.

Estuvo siempre en ser capaces de escucharnos sin dejar de pensar diferente.

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