El Mundial de Futbol 2026 se acerca y, con él, una oportunidad que México no puede permitirse desperdiciar. La reciente visita de la presidenta Claudia Sheinbaum a Estados Unidos dejó una estampa política momentáneamente favorable: reunión con Donald Trump y con el primer ministro canadiense, Mark Carney; elogios del mandatario estadounidense; y un compromiso trilateral para mantener la cooperación comercial y aprovechar la magnitud del torneo. Pero bajo esa superficie diplomática tersa se agitan tensiones que ponen a prueba la capacidad de México para convertir el Mundial en un escaparate seguro, rentable y políticamente estable.
Sheinbaum salió bien librada del encuentro en Washington. Fotos juntos, gestos amistosos y la promesa de trabajar coordinadamente en asuntos comerciales. Trump incluso la elogió. Pero es difícil ignorar el carácter volátil del presidente estadounidense: hoy aliado, mañana adversario. Su resurrección de la Doctrina Monroe y la afirmación de que su gobierno puede dejar expirar el T-MEC muestran que la relación puede cambiar en cuestión de horas. Su enfoque en “América para los americanos”, el despliegue militar en la región y la línea dura contra los cárteles —con 22 ataques y 87 muertos reportados en su campaña de ofensivas marítimas— agregan incertidumbre a una relación ya compleja.
A nivel interno, México enfrenta su propio laberinto. La violencia no da tregua. El asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, golpeó a la presidenta y evidenció una realidad que se repite con demasiada frecuencia. El reciente coche bomba en Coahuayana, que dejó cinco muertos y varios heridos, profundiza la sensación de fragilidad. Aunque el gobierno federal reporta reducciones de homicidios en el marco del Plan Michoacán —casi 50 por ciento menos en veinte días— las agresiones continúan y los ataques contra autoridades locales persisten.
Los contrastes son inevitables: mientras Sheinbaum habla de recibir a los aficionados “con los brazos abiertos” y subraya que México es “bello” y “mágico”, en Michoacán se despliegan más de diez mil elementos federales tras una explosión que obligó a movilizar helicópteros, ambulancias interestatales y un operativo para recuperar el control. La narrativa de hospitalidad para el mundo convive con la urgencia de garantizar seguridad para los propios ciudadanos.
La economía, otro eje decisivo, tampoco está exenta de presiones. La OCDE ajustó a la baja el crecimiento para 2025 y 2026, influido por la relación con Estados Unidos. En medio de este panorama, Sheinbaum anunció un aumento del 13 por ciento al salario mínimo, una medida que alivia el bolsillo de los trabajadores pero que deberá enfrentar un entorno financiero incierto.
Con este tablero complejo, la pregunta inevitable es: ¿cómo lograr que el Mundial sea realmente un impulso para México? La respuesta pasa por un elemento básico pero ausente con frecuencia: estabilidad. Sin seguridad, el evento deportivo más grande del planeta corre el riesgo de exhibir no la grandeza cultural y turística del país, sino sus fracturas. Sin certidumbre comercial, la oportunidad de proyectar confianza a inversionistas podría diluirse. Y sin claridad diplomática, la relación con Estados Unidos —determinante para el éxito del torneo— puede convertirse en un factor de riesgo más que de respaldo.
El Mundial representa una rareza: un momento en que el mundo realmente mira hacia México. Hoy la presidenta tiene elogios de Trump, cooperación con Canadá, un discurso internacional sólido y un escenario global que puede favorecerla. Pero nada de eso será suficiente si la violencia continúa marcando la agenda nacional. Convertir la coyuntura en un beneficio duradero exige algo más que buenos encuentros en Washington: requiere resultados tangibles en seguridad y una estrategia firme para navegar las contradicciones de la política estadounidense.
México tiene la vitrina. Falta consolidar las condiciones para que el país, y no sus crisis, sea lo que brille ante millones de ojos.
@filibertocruz
