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Ana Karina Fernández Columna de opinión

2027: el poder se ve, y el ridículo también

Ana Karina Fernández
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Hay aspirantes que ya están midiendo las cortinas del despacho del gobernador cuando todavía les queda grande una pregunta sin guion y hay alcaldes imaginarios que confunden llenar una comida con representar a un municipio. Qué ternura… y qué cringe, tanta vocación de servicio acomodada junto al… fotógrafo. En los contenidos que hemos trabajado estas dos semanas en Speakeasy aparece un hilo que merece salir de la sobremesa y entrar en la conversación electoral: cómo entregamos autoridad, cómo reconocemos valor y cómo interpretamos las señales de poder. Lo hemos observado en negociaciones, elogios y silencios, pero, querido lector, ahora toca preguntar qué ocurre cuando esa misma conducta pide nuestro voto.

Hablamos de separar el halago de la petición, de reconocer la validación específica, de desconfiar de la confidencialidad ofrecida demasiado pronto, de sostener un precio sin disculparse y de tolerar que alguien nos contradiga. Juntas, estas ideas describen una relación entre percepción y comportamiento: cuánto pesa lo que digo frente a lo que hago cuando algo me saca de mi zona de confort. Mi lectura es que ahí está el puente hacia la política. Un aspirante rodeado de felicitaciones puede terminar recibiendo una evaluación bastante pobre de sí mismo. Si todos le dicen brillante, quizá convenga revisar quién necesita cobrarle algo. El hilo común es la búsqueda de aprobación, esa tentación de entregar criterio a cambio de una palmada y después presumir que tenemos carácter.

Ya habíamos planteado que 2027 exigiría otra lectura de la percepción ciudadana. Retomo esa hipótesis con una precisión: hablar del electorado como si tuviera una sola cabeza resulta comodísimo para vender presentaciones y bastante inútil para entender una elección. Hay diferencias entre territorios, experiencias y expectativas. La ENCIG del INEGI registró confianza en los partidos políticos de 28.9% en 2023 y 23.9% en 2025, entre adultos de ciudades de cien mil habitantes o más. Ese cambio documenta desgaste en ese indicador; convertirlo automáticamente en votos para alguien sería hacer astrología con una hoja de cálculo.

El contexto también importa. Me explico: el INE confirmó elecciones de gubernatura en diecisiete entidades para 2027, además de la renovación federal de diputaciones y los procesos locales correspondiente. El número describe el tablero, pero todavía faltan las partidas y aqui mi apuesta editorial es observar cómo se construye credibilidad alrededor de quienes aspiran a decidir sobre la vida pública. Qué trayectoria pueden demostrar, qué límites reconocen, qué contradicciones cargan y qué hacen cuando la conversación deja de estar bajo su control. El aplauso del salón contratado aporta ambiente; para evaluar capacidad conviene pedir algo más que ruido, como siempre.

La imagen personal merece entrar aquí sin pedir un vale por parecer superficial. Todorov y sus colaboradores encontraron, en elecciones estadounidenses, una asociación entre juicios rápidos de competencia basados en rostros y resultados electorales. Esa investigación permite discutir el peso de las primeras impresiones, con sus límites: una asociación no demuestra que la apariencia cause una victoria ni prueba competencia real. Tampoco autoriza a trasladar sus resultados automáticamente a México. La lección jodida es otra: podemos atribuir capacidad antes de examinarla. Después, para conservar nuestra autoestima, quizá le llamemos intuición política a lo que comenzó como una impresión.

Por eso analizaremos pelo, uñas, ropa, postura, voz y presencia como señales interpretables dentro de un contexto. La pulcritud puede comunicar cuidado; su significado depende de quién observa y de la situación. Un traje carísimo sigue siendo perfectamente compatible con una respuesta vacía. Me interesa la coherencia: qué relación guarda esa presentación con la conducta, con el entorno y con aquello que la persona afirma representar. El candidato que se disfraza de vecino únicamente para grabar necesita explicar esa distancia. La cercanía se vuelve una promesa difícil de defender cuando todo termina al apagar la cámara.

Desde la arquitectura de influencia, mi trabajo empieza por reconstruir relaciones y decisiones. Quién aporta información, quién tiene atribuciones, quién administra recursos, quién puede bloquear y quién acepta asumir un costo. Después viene la evidencia: acuerdos, actuaciones, resultados, dependencias. Y otra vez, como publirrelacionista, me interesa especialmente quién consigue que una propuesta pueda defenderse cuando su autor sale de la habitación. Una fotografía con alguien importante acredita que coincidieron delante de una cámara. Hasta ahí llega su currículum probatorio, pero para hablar de influencia hay que observar si esa relación modifica decisiones, moviliza colaboración o abre una posibilidad concreta. Las agendas llenas de teléfonos también pueden funcionar como cementerios elegantísimos de conversaciones que jamás produjeron nada.

El poder se detecta siguiendo sus consecuencias. Un cargo confiere atribuciones; ejercerlas exige decisiones y responsabilidad. Proyectar autoridad agrega otra dimensión: claridad, consistencia y capacidad de sostener una posición frente al cuestionamiento. Ninguna sustituye a las demás, y es que la serenidad puede ensayarse, la reputación puede exagerarse y una persona silenciosa también puede estar sencillamente distraída. Por eso observo conductas repetidas y evidencia contrastable, antes de declarar poderoso al señor que habla despacio. Me parece saludable desconfiar de esa consultoría que convierte cualquier pausa en dominio y cualquier ceja levantada en geopolítica.

Lo municipal permitirá aterrizar esta conversación en agua, seguridad, alumbrado, permisos y servicios. En las gubernaturas examinaremos también coordinación, equipos y compromisos que requieren capacidad institucional. La pregunta será qué puede sostener cada aspirante con experiencia demostrable y qué depende de condiciones que no controla. Prometerlo todo suele lucir maravilloso hasta que aparece el presupuesto, ese aguafiestas sin sentido del espectáculo. Una comunicación creíble debería permitir entender responsabilidades, plazos y formas de verificar avances. Cuando alguien responde cada pregunta concreta con amor por su tierra, podemos agradecerle el sentimiento y repetirle la pregunta.

Durante las próximas semanas llevaremos los códigos de Speakeasy a situaciones públicas reconocibles: la primera impresión de un aspirante, su reacción ante una contradicción, las relaciones que respaldan sus decisiones, la diferencia entre elogios y evaluaciones útiles, y la distancia entre visibilidad y credibilidad. Habrá escenas de entrevistas, reuniones y presentaciones para examinar gestos concretos, dejando que los espectadores cuestionen también mi lectura. También revisaremos cómo una crisis revela hábitos que el discurso mantiene cuidadosamente peinados. Quiero que cada análisis muestre qué observé, qué evidencia existe y qué interpretación propongo. El sarcasmo tendrá trabajo, naturalmente; las conclusiones también deberán ganarse su lugar. Burlarse resulta facilísimo cuando uno nunca tiene que demostrar nada.

Mi tesis para 2027 es que la percepción merece examinarse junto con trayectoria, organización, contexto y resultados. Habrá que comprobarla en cada caso, sin coronar candidatos por adelantado ni declarar que la ciudadanía entera despertó esta mañana con el mismo criterio. Speakeasy seguirá mirando donde la pose se encuentra con la responsabilidad. Porque aspirar al poder ofrece una oportunidad extraordinaria para revelar carácter, incluida esa curiosa incapacidad de escuchar mientras uno promete representar a todos. Que empiece la conversación. Y que quienes ya eligieron las cortinas averigüen, por cortesía, si alguien piensa entregarles las llaves.

Just saying…

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Redacción Orus Media · 48 notas
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